Todo es relato: El Trinche Carlovich

De Tomás Felipe “El Trinche” Carlovich apenas hay registros. Muy pocas fotos, ninguna grabación (al menos legítima), algunas crónicas. Solo historias. Carlovich es un futbolista contado; el jugador-relato mitificado por la fantasiosa memoria futbolística. Heredada y transmitida por generaciones que multiplican y disparatan sus proezas. Es la última historia oral del fútbol.

El Trinche, leyenda que camina expatriada del recuerdo, sigue vivo y bien en Rosario. Con las piernas machacadas, no le puede pegar ni una patada a un balón. Posa con él bajo el brazo, parado. Con media sonrisa. Por no tener no tenemos ni al viejo Carlovich Carlovich-02para enseñarnos la sombra de la magia, como eso otros que tuvieron y retuvieron porque la fuerza se va pero el toque no se pierde. (Seguir en El domingo a las cinco)

En Central Córdoba llegará la apoteósis del Trinche cuando la Selección argentina organice un amistoso de preparación para el Mundial de Alemania frente a un combinado rosarino.

Los 70 fueron la edad de oro del fútbol de la ciudad y el partido era de más riesgo para Argentina de lo que había valorado. Rosarinos eran el Mono Obberti, Mario Zanabria, Carlos Aimar, que había sido compañero suyo en Rosario Central, Colorado Killer o Mario Kempes. Carlos Timoteo Griguol y Juan Carlos Montes, entrenadores por entonces de Central y Newell’s respectivamente dirigían el combinado. Griguol, que nació sabiéndoselas todas y conocía al Trinche de su paso por el equipo lo convocó: 5 de Rosario Central, 5 de Newell’s Old Boys y 1 de Central Córdoba.

“El que la rompió contra la Selección”, tituló El Gráfico después del partido. Carlovich jugaba de centrocampista, un 5 singular. Los menos exagerados lo definen como una mixtura de Redondo y Riquelme; los más como un Maradona gigante y parsimonioso. No discriminaba la derecha de la izquierda, un poco encorvado, con el corpachón envolviendo el balón y el pase decidido seis jugadas antes. Dominaba la pelota a voluntad. La hipnotiza cuentan, o ella lo amaba, que todo puede ser. Que si se sentaba encima, que si la revoleaba sobre la espalda, que si el caño de ida y vuelta… Carlovich dice que todo eso es fantasía; la leyenda del jugador al cual vieron más rosarinos de los que jamás hayan existido.

Vladislao Clap, seleccionador entonces de Argentina, entró al vestuario del Estadio del Parque al descaso y les pidió a Griguol y a Montes que a ese, lo sacaran de la cancha. Perdían 3 a 0.

Pese a las habladurías sobre que se marcharía a Francia, lo cierto es que Carlovich no se movió de su Rosario: solo acrecentó la leyenda. La gente lo seguía con un runrún que se hizo consigna, casi una contraseña hermética para un grupo creciente de iniciados: “Esta noche juega el Trinche”. Carlovich podía aparecer en cualquier potrero, en cualquier partidillo, y obrar el prodigio del fútbol más puro jamás jugado; y si no estabas allí para verlo era una tragedia. Carlovich hacía arte efímero. No se podía conservar, ni perpetuar, solo se podía relatar, solo pasaba. (seguir en El domingo a las cinco)

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