Historia antigua: Mundial Brasil 2014. La Final

Publicado en Asturias 24

La victoria de Alemania tiene algo de culminante, de justicia por cosas bien hechas que están incluso más allá de lo que pasa sobre el verde. Después de ser subcampeones en 2002 la federación pensó que algo se había agotado en su modo de encarar el fútbol. Con Klinsmann y Low al frente enfrentaron una regeneración que afectaba no solo a la selección absoluta, sino a toda la estructura del fútbol alemán. Se buscaron otros tipos de jugadores, otras vías para mantenerse en lo alto y, al tiempo, ser diferentes y atractivos.
Aquel movimiento afectó directamente a un Bundesliga renovada, presidida por un fútbol popular en múltiples sentidos, donde el hincha a recuperado su protagonismo en los estadios, siéndole devuelto aquello que, según Menotti, se le había robado: el fútbol.

En Alemania el fútbol se juega hoy de cara a la grada y no de espaldas a la misma. Los nuevos estadios construidos para el Mundial de 2006 recuperaban una arquitectura futbolera y tanto el espacio como los precios volvían a ser acogedores. Los equipos respondieron sobre el campo con un espectáculo a la altura. Al contrario de lo que suele suceder, donde un combinado hegemónico abandera un modelo que se impone de modo natural, fue  la selección la que se  convirtió en dinamizadora del cambio, en el rostro del nuevo fútbol germano… También, quizás, de un nuevo orden mundial dominado por un país joven, moderno y ambicioso. La cara oscura del milagro alemán de la guerra económica.
En el equipo que hoy levantó la copa quedaban varios jugadores de 2006, algunos como Klose ya convertidos en mitos, a los cuales, campeonato tras campeonato, se les han ido añadiendo nuevos talentos con una forma común de entender y ejecutar el juego. En 2010 Diego Armando Maradona se sentaba perplejo junto a un Thomas Müller cohibido en la sala de prensa de la Copa del Mundo de Sudáfrica. A los tres minutos de su enfrentamiento en cuartos de final el del Bayern de Munich, antiestético y genial por igual, abría la goleada por cuatro a cero que liquidaba a la albiceleste politeísta de aquel campeonato. Hoy, Thomas Müller terminó siendo pichichi de aquel mundial y hoy ya suma diez en solo dos participaciones.

La victoria de Alemania debe ponerse en su medida, y esta es legendaria. Llega después de haber despanzurrado a Brasil en casa en uno de eso partidos que llevan el “de todos los tiempos” como apellido y supone la conquista del territorio sudamericano por parte de un conjunto europeo, una proeza totalmente inédita. Alemania, con esta, sumaba su octava final, superando (también) a Brasil. Además, desde ese Japón y Corea en 2002 la Mannschaft ha sido al menos semifinalista en cuatro Mundiales consecutivos, incluyendo entre medias una final y una semifinal de Eurocopa. De algún modo Alemania se reivindica, o directamente se reclama, como la capital europea del fútbol

Hasta ahora la Alemania de Low había encontrado tope en las semifinales de todas la Eurocopas y Mundiales. Eso hasta hoy. España, con otra generación prodigiosa, se convirtió en su bestia negra y Alemania terminaba siempre por dar cierta sensación de fragilidad, como si en un intercambio diabólico hubiese empeñado su carácter maquinal anterior por los dones de un juego de alta escuela. En Brasil dio por momentos esa impresión. El correcalles contra Ghana los castigó y el orden y buen toque argelino los puso en el mayor aprieto del torneo. El cambio se produjo contra Francia. De allí emergió un equipo que no concedía, una mixtura perfecta de tradición y modernidad, o contemporaneidad mejor dicho.

Aquel partido seco mostró el grado de oficio que siempre hace falta para ganar. La fiesta tuvo lugar en semifinales, aquel fue el partido de exhibición que todas las grandes selecciones dejan como recuerdo de sus Mundiales. La final fue sufriente, castigados de inicio por la baja fundamental de Khedira, un jugador en Alemania otro en el Real Madrid, primero y de su sustituto en el once, Kramer, después. Löw prefirió a Schürrl, jugador número doce de gran rendimiento, y redirigir a Özil hacia el centro. Por allí encasquilló Alemania, con posesión pero sin dinamismo, sin el empuje necesario para que Argentina viviera mal en su zona del campo.

Entre acomodarse y no Huguaín tuvo y falló una de esas que lo condenan, que malbaratan su esfuerzo y constancia. Quizás fue la presencia de Neuer, su sobriedad de otra época, lo que encogió la pierna del delantero del Nápoles. Ya en la segunda parte se encontraría de cerca otra vez, con el del Bayern arrollando en una salida imponente al argentino. El arbitraje FIFA suele decretar “nada” para esas jugadas; y tal vez tenga razón.

Jugó de nuevo por anticipación Neuer la Final, en coherencia al resto de un torneo donde fue el mejor jugador con o sin guantes. Su inicio de jugada, ya sea con la mano, ya con el pie es siempre limpio y en ventaja. Sabe ser jugador y portero y en ambas facetas, complementarias. Con él Alemania vuelve a jugar con líbero, regresando a los 70, y  ha marcado la diferencia desde sus salidas por alto a lo Peter Schmeichel a su escalofriante estatuario frente a Benzema. Una parada de hace cincuenta años, cuando los porteros no se tiraban si podía evitarlo.

El subcampeonato de Argentina también tiene mucho de justicia. Sabella ha ido construyendo su equipo según corrían los partidos. La orotopédica defensa de cinco contra Bosnia fue dejando paso a un dibujo más natural, con jugadores expertos como Demichelis o dinámicos como Biglia ocupando plaza fija en el once. Incluso la lesión de Di María terminó por reforzar la idea de un grupo de supervivientes con el ingreso de Enzo Pérez como volante de brega. Solo ganaron cómodo a Bélgica en cuartos, en un partido sin alardes donde no olía campeón pero si a equipo peligros, con cada vez menso grietas donde hacer palánca.

La impresión es que les ha beneficiado no llegar como favoritos después de muchos años. El fantasma de Maradona está incrustado en el imaginario popular y el equipo vive entre las convulsiones y corruptelas de la AFA, agarrado a la memoria de una final de hace veinticuatro años. Una final contra Alemania, claro. Las dos de Maradona lo fueron, porque Alemania, tenía razón Lineker, es una constante.

Fea y agreste, llegó como la Argentina de Messi y se va como la de Mascherano, a muy poco de hacer bueno eso de que los delanteros ganan partidos y las defensas campeonatos. Entre octavos y la final solo recibió un gol; pero ni en semis ni hoy fue capaz de marcar. Le ha faltado que sus defensas y sus delanteros coincidiesen en un mismo partido. En ausencia de la magia, que se fue agotando de tanto recurrir a ella, la albiceleste decidió convertir cada partido en un ejercicio de honestidad que, en cierto sentido recordó a la admirable Grecia campeona de Europa en 2004. La diferencia está en el peso de una camiseta que lleva dos estrellas. Esas mejoran lo que hay a poco que se crea con la suficiente fuerza, y eso, quedó demostrado, les sobraba. Este equipo era peor del que rodeó a Maradona en 1986, uno de los mitos más falsos del fútbol, e incluso en el 90. Messi se pareció más al intermitente del segundo que al opalescente del primero, también es verdad.

Como a lo largo de todo el torneo Argentina consiguió en al final que su rival fuese peor que si mismo, con la diferencia de que esta vez Argentina fue mucho mejor ella misma. Jugó su mejor partido y, ley de fútbol, perdió. Solo claudicó en la prórroga, aunque Rodrigo Palacio tocó la Copa por un instante antes de toparse contra sus propias habilidades.  Todo estuvo en un control, como tantas veces lo está en el fútbol. La distancia entre uno brillante y uno torpe es ser Campeón del Mundo. Así de estrechos y de profundos son los abismos en este juego.

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