Así permanece la gloria del mundo

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Hacía diez años que ningún equipo que no fuese ni el Barcelona, gran dominador con seis títulos, o el Real Madrid, que suma tres, ganaba la Liga. El último fue el Valencia de Rafa Benítez.  Hacía dieciocho que el Atlético de Madrid no levantaba el título. Demasiados. Sin alternancia ni alternativa la competición se enfanga, las aficiones se asfixian y la polarización mata la cercanía, la identidad real.

El fútbol, a veces, guiña un ojo, como ese Dios que aprieta pero no ahoga y tiene un sentido del humor perverso de cojones, que ya lo decía Randy Newman. El Atlético, en un momento de lucidez, recogió el guiño y lo hizo suyo y se dijo, o se lo dijo Simeone con un rugido en el odio, que ya valió con la tontería.

Se sacudió la fatalidad y los himnos de Sabina, se dejó de celebrar las espectaculares caídas del perdedor entrañable que se regodea en una mítica malinterpretada y se acordó por fin de sí mismo y no de su propio chiste. Ya lo dijo el año pasado a todo aquel que lo quiso escuchar: “Soy otra vez yo: un grande”.

Pese a todo el fantasma de las Navidades pasadas visitó el Camp Nou. Durante un momento, sacudido por dos lesiones fatales en veinte minutos, las de Diego Costa y Arda Turan, y el posterior trallazo inverosímil de Alexis con su manía de simplificar lo imposible al tiempo que complica lo simple, el Atleti se vio tentado por la acogedora excusa del fatalismo crónico. Ser el pupas otra vez, pareció pensar, tampoco está tan mal. Nos dejamos balear por el arma calidad de la felicidad y nadie nos podrá reprochar nada. ¡Mira a  donde llegamos! ¡Al final de todo! Ya está, ya está, cumplimos por encima de nuestras posibilidades.

No esta vez, esta vez no. Esta equipo es campeón y el campeón solo juega para una cosa y lo que nos tire lo mordemos, lo masticamos y lo cagamos con la forma de una Copa. Homérico, me escribió un amigo nada más terminar el partido. Y homérico fue, aunque Simeone solo pueda ser el hombre tranquilo si a este lo encarnase Jack Palance.

Empató Godín, arriba, en un córner y su formidable gol, partido y temporada, simboliza lo que Simeone ha hecho con el grupo en desbandada que se encontró. Todos han sido sus mejores versiones. Algunas tan buenas que ni sus protagonistas sabían que las llevaban dentro.

El Barça cayó peleando pero pálido y desencajado, enfermo de ortodoxia y agotamiento biológico. Ortopédico y sin mayores recursos que la táctica Alexanko ofreció, en un partido que contiene una temporada, las peores versiones de sus piezas individuales en el difuminado todo que hoy componen. Aquel equipo prodigioso, que era preciso y brillante, articulado como un mecano prefecto que hubiese aprendido a crear arte, se oxidó por el salitre del mucho ganar. El cromado en un borrón de azules agranatados pero así y todo, aún recuerda lo bastante como para meter miedo y hacer dudar; y fue capaz de estar en una Liga de noventa puntos donde ni el primero, ni el tercero fueron capaces de ganarles.

Tragadas las dudas el Atleti impuso su fútbol, sus fútboles, de equipo dúctil e indescifrable todavía, más sofisticado de lo que se le concede, que cambia de velocidad y piel a lo largo del partido, líquido y sólido al tiempo. Un equipo que sabe lo que es el balón y para que se usa y que entiendo cuando buscarlo, cuando tenerlo y cuando cederlo, que no extraña ningún espacio del campo y que tiene  recursos en todos ellos: un equipo de fútbol y no solo un once de guerreros, un campeón retronado, el tercer grande a quien se le había olvidado durante demasiado tiempo quien era de verdad y lo que esa camiseta significaba.

 

 

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