Las cinco que deciden

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Esto se acaba, ya se apaga aunque el incendio arde mucho más que todas las últimas temporadas juntas. Llegamos a esas cinco últimas jornadas donde Luis decía que se empezaba de verdad a jugar la Liga. Esta última no ha podido resumir mejor lo que ha sido el año competitivo, marcado ahora, también, por la llegada de la final de Copa el miércoles, más incierta imposible vistos los precedentes del año entre Barcelona y Real Madrid en contraste con su rendimiento general, y la interferencia potencialmente demoledora de la Copa de Europa.

El Atlético de Madrid lidera la competición doméstica con la misma fiereza y el mismo fútbol de roca y emotividad fanática que le han colocado en una semifinal europea durísima contra su contrapartida británica, el Chelsea militarizado de Mourinho. No jugó bien contra el Getafe, pero sintió de nuevo que esa camiseta, a veces, ayuda a ganar, que pesa, que impone.

Pero tampoco conviene desmerecer a este equipo, o reducirlo todo a los cojones y los dientes apretados de una plantilla corta, compacta y compensada, que trasciende un banquillo algo pobre en base a compromiso grupal y sentimiento, ese intangible cada vez menos valorado en el fútbol contemporáneo.

Al Atleti le sobra de todo eso, sí, pero también luce una disposición sobre el campo milimétrica, una dirección desde el banquillo que equilibra mensaje, conexión y conocimiento táctico, a lo cual se suman una serie de piezas que hacen diferencias en lugares clave –Courtois, Filipe Luis, Koke, Arda, Diego Costa– y que proyectan a una platilla donde cada jugador ha sido la mejor versión de sí mismo, incluso los ciclotímicos como Adrián han estado cuando hacía falta, no hay más que ver la impresionante vuelta de cuartos contra el Barcelona que jugó el tevergano.

Pase lo que pase, esta es la temporada del Atlético. Si gana, esta será su Liga, si no lo consigue, esta será la Liga que le ganaron al Atlético.

El Barcelona ahora tercero, ayer segundo, mañana no se sabe, va de calamidad en calamidad y de esta en sorpresiva alegría. Crepuscular e intermitente, paga en el campo que sus recursos son insuficientes o están mal distribuidos. En el annus horribilis de Messi, el resto, a excepción de un Iniesta luminoso, ya no son, motivos biológicos en gran parte, los que fueron. Ni la gerencia, ni el banquillo han hecho demasiado pero regenerar los tejidos, pero al contrario del último Barça de Rijkaard, con el cual insistentemente se lo compara, la cuestión no es poder y no querer, sino querer y ya no poder.

Contra el Atleti en Champions fue borrado de un partido del cual salió dando las gracias, pero no conviene olvidar que tuvo la eliminatoria en los segundos 45 minutos de la ida, donde desarboló a los del Cholo con su mejor fútbol en todo el año. Tampoco que hace nada ganaban un partido inverosímil en el Bernabeu contra un rival que no tiene la excusa de venir del paraíso, del lugar donde se gana todo y todo es perfección.

El regreso del Barcelona pasa por aceptar la naturalidad de las cosas, y en el deporte perder es naturalidad, desdramatizar el presente, disfrutar de los rescoldos que todavía calientan y de los latigazos de genio y recuperar la cordura en los despachos. Un back to basics que traiga caras nuevas, fútbol nítido e ilusiones distintas. Y dejar de regodearse en Guardiola, o pero de malinterpretarlo, de fabricarlo a la medida de las necesidades inmediatas, es decir la excusa barata y autocomplaciente, en lugar de recordarlo como fue.

El Real Madrid es la otra cara del Barcelona, como siempre, claro. Fuerte con los débiles, el Almería lo probó este sábado, y débil con los grandes, ha naufragado, a excepción de su gran rendimiento copero, contra los equipos de su rango competitivo llevándose contra un Borussia mermado el susto del año en la vuelta europea. Así y todo, sin que se sepa muy bien cómo, está metido en todo. Como en el Barça, algunos jugadores exhiben ya más pasado que presente, pero al contrario que estos no vienen de saciarse, sino de comer a ratos y digerirlo mal.

La plantilla, o el once más bien, sigue lastrado por compromisos contractuales y por la política narcisista del mediapuntismo presidencial. Ancelotti ha pacificado el club, pero su fútbol está en tierra de nadie, sin lograr un conjunto fiable y atractivo al tiempo. Los partidos se le hacen largos, si gana fácil parece aburrirse y desconectar, y si no puede se aturrulla y enfada, incapaz de aceptar que incluso para los más lujosos esto es condenadamente difícil.

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