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En el Bernabéu se jugó medio partido de fútbol. No es que solo fuese una parte, es que solo se atacó, dejando eso tan engorroso de defender para otra vez. El Barcelona decidió no defender en la defensa y el Madrid pensó que era mejor no hacerlo en el medio campo; así ambos favorecían las mejores características del contrario.

Como con Alves todo aquello no iba Di María le hizo tres veces la misma jugada; tres veces seguidas. Dos fueron gol y una la sacó Piqué debajo del larguero. Benzema, solo entre dos centrales que ni se juntaban ni se movía, ni se protegían ni se anticipaban, remató las tres dentro del área.

Antes el Barcelona había perdonado dos mano a mano, uno de Messi y otro de Messi por persona interpuesta de Neymar, un mueble cuya mejor jugada fue un malabar con una pelota de papel de planta que le tiraron desde la grada, como si fuese un artista callejero. Se gustó en el toqué; luego, el segundo gol del Barcelona fue incapaz de controlar un pase inverosímil de Messi, uno de eso que pone patas arriba las leyes de la física. El 10 remendó la pifia terminando su propia jugada dentro del área pequeña, rodeado de contarios. Otra vez como cuando los mayores saltan a la pista; Neyma, cabizbajo, se marcó a comer el bocata de nocilla que contenía el antedicho papel de plata.

El Madrid de Mourinho había ido logrando minimizar a Messi a base de eso que Martí Perarnau llama la jaula. Rodeado de un caja de centrocampistas contrario Messi era aislado d de donde importa de verdad, que no es terminando, sino empezando. Ayer, en cambio, volvió a estar suelto en una superioridad continua de 3 contra 5. Observando el juego para diagnosticar la solución. Metió no menos de cinco balones de gol en la enésima demostración de que su siguiente evolución debe de ser hacia centrocampista, hacia Xavi. El perjudicado fue Fábregas, que flotó por el partido a la deriva, como interior raro, que ni pinchaba ni cortaba, enfriado por el ritmillo monótono de Xavi.

Otra vez un Barça de balones al pie o por detrás, nunca al hueco o a la carrera. La alineación de Martino, sin las balas de Pedro y Alexis, invitaba al trote y al sobeteo. A la versión blaugrana del basket-control de los entrenadores yugoslavos de los últimos 80 y primeros 90. A veces es cierto que el Barcelona se parece a la selección Española… pero sin su apabullante seguridad defensiva.

Si no piensas defender, o si lo haces tan rematadamente mal, es mejor asegurarte de ser criminalmente bueno arriba. El Barcelona pudo ultimar el Real Madrid en los primeros quince minutos, pasando fácil del 0-1 al 0-3, pero no lo hizo y cuando Di María descubrió la autopista del flanco izquierdo de su ataque la cosa ya fue otra. Sin Abidal compensando la balanza Dani Alves es un agujero negro. Él y Alba son 1 menos 1, y dejan la defensa vendida por sistema. El Barcelona no necesita dos laterales ofensivos, sino un tercer central convertible. La asimetría le favorece.

Pero al final de todo había en el ambiente una sensación rara, de tranquilidad narcótica: cuando había problemas, cuando no se sabía qué hacer, entonces balón a Iniesta. Y todos bien que la tiene Iniesta. Si Messi es Maradona todos los días, entonces Iniesta es Butragueño en todo el campo. Levita, como cuando el Buitre la metió cuatro a Dinamarca y fue verdad, que lo vi yo, que no tocaba en suelo.

Y qué mal jugó Xabi Alonso, encastrado entre los centrales, protegido del campo abierto. Y qué penalti regaló. Cuando el Barcelona sobrepasaba la línea de delanteros blanca se encontraba un oasis en el medio, un montón de verde donde remolonear hasta que Iniesta y Messi viesen la oportunidad. Respiraba en eses espacio, en la espina dorsal de un Real Madrid abierto en dos que, además, sufría también lo suyo por la banda defendida por Carvajal.

19 veces han echado a Ramos. 19. El profe, que me tiene manía. Neymar se dejó querer y el defensa lo quiso. Luego Ancelotti sentó a Benzema, un tormento para Piqué y Mascherano porque, claro, que se le hubiese ocurrido cambiar a Cristiano, quien juraría solo saltó al campo para chutar el penalti fuera del área (Villarato intermitente, ya se sabe), para sacar a Varane y proteger un empate que como suele ocurrir con los empates protegidos terminan en derrota.

Fue un mal buen partido, un resultado ful, que engaña a primera vista porque los dos jugaron peor que mal: jugaron mediocre. Inconsistentes y dispersos, acomodados a la victoria fácil los unos, crepusculares los otros.

Y a todo esto el Atlético de Madrid es otra vez líder. Partido a partido. Por sus santos cojones y por su fútbol de verdad.

 

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