El crack torcido

Contrahechas y retorcidas. Fabricadas en madera elástica, las piernas de Rivaldo eran un paréntesis de hambre y goles; y en el medio un agujero imposible de llenar ni jugando hasta los cuarenta años. El niño desnutrido, raquítico, devoraba cada balón, cada jugada y cada contrato.

No es que fuese egoísta o indisciplinado, ni siquiera cuando Van Gaal se empeñaba en convertirlo en tornillo holandés por la izquierda de aquel Barcelona donde siempre había tormenta. Lo que pasaba era que no podía dejar de comer por miedo a que aquellas piernas se consumiesen en sí mismas. Por eso rompía la geometría del fútbol de escuela: para marcar goles imposibles , de esos que se meten en la portería de la historia.

Salió de una esquina de la liga brasileña y terminó exprimiendo el último rublo gasístico de Uzbekistan. Se comió las migajas y hasta el plato acordándose de cuando no se acordaba de la anterior comida y no sabía de la próxima. Rivaldo fue el último futbolista del hambre, el mejor por necesidad.

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