Jornada 15: Parece que se apaga

 

El último gran ataque de melancolía del Barcelona terminó convertido en los años oscuros del gasparato. Su representación icónica fue la imagen de Joan Gaspart, presidente y hooligan (y no por este orden), asomado al canto del palco del Camp Nou tras un partido desastroso contra el Sevilla: solo, enajenado, a punto de saltar al vacío…, un tronante monumento a la idiocia ególatra.

Aquello era una crisis, aquello era jodido de verdad. Esto de hoy es la resaca de una época gloriosa que cuando vuelva lo hará en formas diferentes. El Barça de hoy es un equipo crepuscular, que si se acepta como tal todavía puede resultar emocionante y hermoso, cayendo con gracia no hacia el olvido, sino hacia la memoria.

El Barcelona de Guardiola es histórico por encima de sus victorias; lo es por su singularidad, por ser un fenómeno de ésos de una generación. Un Barcelona melancólico puede sufrir una erosión fulminante equiparable a la de aquel Real Madrid ultralujoso, todo fachada y nada cimientos que entrenó (o así) Carlos Queiroz y que se disolvió en sí mismo después de ser derrotado por el Zaragoza en una final copera. Aquel equipo, como el Barça de Gaspart, era una escuadra dedicada a glorificar el ego de su presidente.

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El de hoy es un extraño híbrido entre la reedición de aquel Real Madrid post Del Bosque (y post Copa de Europa) y un equipo interesante, lleno de soluciones y futbolistas de fondo y no sólo de exhibición. Barrió sin problemas al Valladolid jugando muy bien, cosidos al balón, a Modric, a Isco y a Xabi Alonso, cómodo con peloteros a su lado en lugar de rebotar contra las habituales paredes de ladrillo con botas que le han acompañado los últimos tiempos. Fue el Madrid tan ligero como contundente, tan poético como prosaico; pero de nuevo el índice corrector que debemos aplicarle a la Liga presente deja todo un poco en el aire: de momento ha perdido sus dos enfrentamientos directos con el Barcelona y el Atlético, y eso en una competición reducida a los mismos es mucho perder…, pese a los puntos que le ha recortado al Barça; no así a los vecinos, que volvieron a ganar con Diego Costa, ya 15 goles, y Koke comandando.

Si el Barcelona se extraña de sí mismo, de su pérdida de funcionalidad y movilidad, de aquellas cosas que antes funcionaban suaves como visón y ahora renquean, dándose cuenta, poco a poco, de que ya no es tan joven, ni tan guapo, ni tan grácil, entonces el Atlético es su exacto contrario: un torrente de confianza, una maquinaria natural, simple, exacta.

Los de Simeone nunca perdieron tiempo buscándose, como el Real Madrid, ni están ahora mirándose extrañados sus propias manos y botas como si fuesen las de otros: desde el principio tuvieron claro que su fútbol guerrillero era el regreso a la identidad que el club y el equipo demandaban desde hacía mucho. El único ego que cuenta es el del equipo, superior al valor de sus partes y no al contrario. Su pelea será contra el desgaste físico y psicológico: si llega con la clasificación apretada a esos últimos cinco partidos en los que, según Luis Aragonés, se ganan las Ligas, yo no los querría tener enfrente.

Todo esto, claro, hasta que vuelva Messi: la enmienda a cualquier ley del fútbol.

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