Jornada 12: Sargentos de corazón fantasioso

Jornada árida esta. Fea, inhóspita, repetitiva. Todos haciendo lo que hacen desde el principio de esta Liga. Queda poco que mascar más allá de un puñado de migas entre el polvo. El Rayo es de los contados que ofrecen algo nutritivo, eso que eleva el espíritu del aficionado y que se llama jugar al fútbol. Junto con el Atlético, febril, enfocado, de Simeone y el Villareal aplicado a la elegante ortodoxia de Marcelino es uno de los pocos que justifica pagar la entrada o perder noventa minutos de televisor y malos comentaristas.

Tote decía en una entrevista para Jot Dow que Paco Jémez era como un sargento chusquero con el romanticismo de Cruyff. Algo de eso hay, aunque el romanticismo debe ponerse entre paréntesis. Es una rareza, es cierto, entre ese pragmatismo esotérico que cotiza al alza. A los entrenadores pragmáticos se les supone un plus: son ganadores. Aquellos que son como Paco Jémez, que alguno hay, parece que entrenan a sus equipos para perder entretenidos en el arabesco. El talento siempre está bajo sospecha, que decía el gran Andrés Montes. El jugador que es capaz de meter tres pases de gol en un partido siempre defenderá poco, nunca correrá bastante mientras que el tuercebotas que trota el medio campo repartiendo con gerosidad todos los balones que corta entre los contrarios será alabado por su derroche y presencia, como esos oficinista que se mueven mucho para disimular lo poco que laburan.

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Los mejores jugadores defensivos –Mauro SilvaMakeleleBusquets…- que he visto en mi vida eran concretos, sencillos, nucleares. Los alardes de kilometraje mejor dejarlos para los Ambrosinis y los cienmil mediocentros africanos que pueblan el fútbol europeo. Lo mismo se puede decir de los mejores entrenadores defensivos. El Capello del Milan o la Roma, el Mourinho del Oporto o el primer Chelsea, el Newells de Bielsa, el Dinamo Kiev de Lobanovsky, los Ranieri y Cuper del Valencia doblemente subcampeón de Europa, el Luisdel Atlético del pasado o el Simeone del Atlético del presente ofrecen interpretaciones del fútbol desde la defensa de una belleza geométrica, un esplendor físico y una limpieza técnica incontestables. A esos podía añadirse el Barcelona de Guardiola como expresión definitiva del fútbol total, donde la defensa y el ataque se sintetizan en uno solo, indisociable y perfecto.

Jémez, de momento, está desequilibrado a favor de su fervor ofensivo que en distintas fases de la competición a lo largo de estos tres años en el Rayo le han llevado a confundir la valentía con la temeridad. No fue el sábado uno de eso días. Defendió de pena en la primera mitad, blando y disperso, pero en la segunda volcó el partido con un golpe maestro pasando a una defensa de tres y un medio de campo siempre superior en número al madridista que partió a los de Ancelotti en dos, usando a su favor la tendencia natural de los blancos a jugar con dos equipos desconectados: los que atacan y los que defienden; sin que estas funciones se mezclen en ningún momento.

El Rayo agarró el balón y ya no pasó más apuros en defensa. Fueron 45  minutos de baño, de fútbol vibrante, técnico e intenso que, ¡ay!, se quedaron a las puertas. Al final del partido Ancelotti se acercó al banquillo del Rayo aplaudiendo a Paco Jémez. El estadio lo hacía también, a rabiar. Para Jémez todo se dirime en lo cerca que puedas estar de ganar y no en lo lejos que puedas mantenerte de perder. Salir con el autobús no te pone más cerca de los tres puntos, quizás lo haga de un 1 a 0 amargo y feo. No hay garantías, no hay demostración empírica de que emborronar aun partido hasta hacer desaparecer el juego te lleva a la victoria. El Español colocó línea defensiva tras línea defensiva en el Camp Nou ese mismo sábado y el resultado fue una derrota porque tapar todos los agujeros durante 90 minutos es una moneda al aire. Neymar vio un hueco doble entre las piernas de dos defensa y deslizó por allí un balón prodigioso que Alexis empujó a gol.

 Defender no es “defender” solo, tampoco es acumular gente por  detrás de la pelota; es atacar de otra manera, es una finta colectiva, general, que atrae al contrario a tu territorio para que deje libre el suyo. Pragmatismo es hacer todo lo que puedas por los puntos, usar tus armas para acercarte a ellos. Jémez, como Guardiola, como Klopp, es un entrenador pragmático que juega para ganar, para que su equipo gane, para ponerlo lo más cerca posible de esos puntos. Quizás si el Barcelona o el Madrid se atreviesen con un hombre como él se convertiría en uno de eso “entrenadores ganadores”, por lo común sinónimo del tipo que entrena solo a superclubes.

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