Evangelio blaugrana: la palabra interpretada por Martino

 

Martí Perarnau escribía el otro día en su columna de Marca (sí, todavía hay rincones a resguardo de la inundación) sobre la confusión entre medios y objetivos que llevó al Barcelona a creer ciegamente en el dogma de la posesión. El tener elevado a ley y objetivo sin preguntarse: “Tener ¿para qué?”.

El control de balón, la famosa posesión del Barcelona de Guardiola, era tanto un instrumento para protegerse como para agredir. Cuando Xavi, por ejemplo, dice tras ser vapuleados por el Bayern que no les quitaron el balón, está dando signos de ofuscación; está secuestrado por la idea áurea del Barcelona splendente, neoclásico. No se le puede disculpar por el aturdimiento típico del atropellado; es reincidente.

Xavi, y otros como él que no forman plantilla sino entorno, esa bestia mitológica que cerca al Barça y a la cual Cruyff dio nombre y facultades para, más tarde, transformarse él mismo en bestia, prefieren situarse en el estado de negación del ganar la posesión a reconocer lo natural del fútbol: tarde o temprano perderás y lo harás con estrépito.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Se confunde también el valor de la posesión, a la cual se considera un absoluto sin discriminar. El Barcelona de Guardiola, pongamos el perfecto, el que abarca entre la segunda Copa de Europa y el Mundialito contra el Santos, el de los centrocampistas (o todocampistas, mejor dicho), basaba su poder en el conocimiento exhaustivo de las zonas del juego y de los tiempos del mismo. No era la posesión, como un bloque, sino su empleo quirúrgico: cuándo, cuánto, dónde, cómo, por qué.

Aquel equipo prodigioso, perfecto, conocía el objetivo de la posesión; el Barça desnortado de la mitad del año pasado, golpeado por los cuatro poderosos vientos de la canción de Ian Tyson, se hizo bola, se replegó sobre el dogma. Se transformó de equipo que había convertido el pragmatismo en un arte (Guardiola, no lo olvidemos, es italianófilo) con la solución más sencilla aplicada por sistema, despreciando el arabesco a favor del esplendor geométrico, en un grupo religioso. Pasó del racionalismo a la fe con el miedo a la disolución de su identidad como gran fantasma, y por el camino ungió a Guardiola en apóstol equívoco malversando su palabra.

El fanatismo, ya se sabe, no trae nada bueno. Martino, ayer mismo lo dejó dicho, no es ni de la casa ni holandés, lo que lo convierte en sospechoso, en cuerpo extraño. Es un desprogramador, uno de esos especialistas en sectas o en secuestrados con síndrome de Estocolmo que son contratados para devolver a los captados a su ser racional. Es familiar al lenguaje Barça porque su propia escuela de pensamiento, el bielsismo adaptado, comparte alfabeto, y eso, de entrada, le supone una ventaja. Pero no ha venido a profundizar el dogma; a Martino el sexo de los ángeles blaugranas parece que le da lo mismo. Dijo también, y eso comentaba Perarnau en aquella columna que mencionaba al principio, que su intención era llevar al equipo a un lugar en el que había estado antes, de lo cual se infiere que, en algún momento, lo abandonó, y para hacerlo no le va a importar modificar el evangelio. Su objetivo es devolverle al equipo el raciocinio, sacarlo de la fe del falso apostolado y regenerar la verdadera herencia del guardiolismo: la inteligencia para jugar de la mejor manera posible con los jugadores a tu disposición.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s