Fabricarse un pasado. Jornada 3

Curso 2013-2014. Jornada 3

Hemos tenido un par de buenas cosas esta jornada, se han visto partidos intensos y disputados y ha habido goles e intercambio de golpes con varios partidos donde ninguno se ha escondido. El Atlético sometió a la Real en Anoeta, campo difícil, y continúa subido a la ola de la confianza, profundizando en el ideario clásico del equipo en esta versión renovada por Simeone. Barça y Valencia nos ofrecieron noventa minutos de fútbol salvaje, con Messi martilleando, Fábregas moldeando al equipo a su imagen sin Xavi en el Campo y un Valencia a tumba abierta, demasiado temerario para su propio bien. Cinco goles en media parte, tres de Messi y dos de Helder Postiga y luego una festival de velocidad, profundidad, ocasiones y paradas alternativas.

El otro trasatlántico ganó también, a medias despachando buen fútbol –soberbio Modric, genial Isco, ambas cosas otra vez- a medias pensando en los nuevos lujos de a cien millones de euros. Al parecer Özil y Kaka dejaran sitio y aligerarán sueldos; nadie echará de menos al brasileño, una de las mayores estafas del fútbol contemporáneo, pero si el alemán sale… habrá menos soluciones, menos variedad de recursos. Gareth Bale es Cristiano x 2. Ofrece fútbol muscular y rugiente y demanda un espacio para galopar que, en muchos sentidos, contradice el juego de asociación y paciencia que Ancelotti intenta construir alrededor a un centro del campo fino, liviano y talentoso, construido a golpe de concentración de talento y no solo de piernas y sacudidas eléctricas. Aunque también es cierto que en su último año den Totenham y azuzado pro las urgencia Vilas Boas lo trasladó al centro y Bale pareció un jugador más pausado, más dominante desde el balón y le espacio y no desde la exuberancia física. Veremos.

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Que estos tres ganen tampoco nos extraña, sí, incluso ese Atletico que marca sus  propias distancias con el grueso de la Liga ejerciendo de eslabón entre mortales y dioses. Lo que ya es más llamativo, y no se está alabando lo suficiente, es el tres de tres (o sea 9 puntos) del retornado Villarreal de Marcelino.

No es un equipo que caiga bien el Villarreal entre los defensores del fútbol clásico (odio eterno al fútbol moderno), en parte por su carácter de club carnívoro, con una política de cantera agresiva y una tendencia caníbal que le ha llevado a buscar su propia afición entre las filas del Castellón, el club histórico ahora penando en tercera; pero también por ser un equipo de diseño, surgido a golpe de dineral de donde no existía tradición.

Si uno mira la clasificación histórica de la Liga verá que el Villarreal ocupa el puesto veinte, es decir que jugaría en una Primera de todos los tiempos. Lo logra con solo 496 partidos en la categoría, la mitad del siguiente que menos tiene (el Mallorca, por cierto, ahora en Segunda). Es posible, lo es, que el Villarreal no sea un histórico, pero se ha hecho un histórico; se lo ha ganado en el campo.

Mis simpatías hacia ellos provienen de un momento concreto que no es el entusiasmo de aquel equipo (supuestamente) pequeño capaz de plantarse en la semifinales de una Copa de Europa  y encima hacerlo con un juego superior; no, viene de un momento menos agradable: a la temporada siguiente, el genio ciclotímico Juan Román Riquelme en torno al cual Pellegrini había construido el equipo y Fernando Roig el club, decidió dejar de jugar al fútbol e imponer sus caprichos estelares. En diciembre de 2006, después de un partido contra Osasuna en el cual el Villareal terminó maltrecho con un 1-4 en contra Pellegrini dejó de convocar a Riquelme.

El equipo parecía irse a pique y la solución, por sistema, de los clubes en ocasiones como estas se reduce a replegarse al capricho del divo, que es por quien la gente paga sus abonos. El Villareal, el club, en cambio, respaldó a su entrenador hasta las últimas consecuencias: Riquelme no volvió a jugar en el Villareal. El equipo terminó quinto aquella Liga, garatizándose un año más de competición Europea.

Hasta última hora, hasta la convulsa temporada del descenso y la pasada en Segunda, pacificada con la llegada balsámica de Marcelino y el inicio de un nuevo proyecto definido, la sensación era que el Villareal era un equipo realista, donde hacer bien las cosas era el camino hacia los resultados, un club sobrio, respetuoso con el futbol que con esto se redimía de otras facetas más oscuras de su breve historia.

Ahora el equipo ha vuelto a primera y parece que no se había ido nunca porque, al igual que cuando era exitoso, el fracaso, la caída, fue aceptada con naturalidad, como parte del juego. El Villareal ha ganado sus tres partidos, lo ha hecho con futbol y goles, con ideas claras, y como sucedió durante el enfrentamiento entre Pellegrini y Riquelme con la idea del club, del colectivo y de su identidad, por encima de todo lo demás. No está mal para un equipo advenedizo.

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