Confecup (y 4): de rivalidades, épica y táctica y como Italia se acerca a España

 

España se ha acostumbrado a rimar consigo misma en un relato de éxitos con estrépito en el cual, para su desgracia, Italia cumple el papel del otro.

El rostro impertérrito de Vicente del Bosque, a toda pantalla, con los ojos entrecerrados y el sudor chorreando parecía escapado de una película de Sergio Leone a la cual le hubiese sustituido el silbido de Alessandro Alessandroni por el machacón off sonoro de unos comentaristas ajenos a la belleza del callarse a tiempo, empeñados en recontar una realidad que se hace a sí misma historia. Era como si del Bosque absorbiese desde la esquina del banquillo desde donde lo vio todo los nervios de sus jugadores, quienes uno por uno colocaron sus penaltis detrás de Buffon y delante de la red.

Casillas esta vez no tuvo que intervenir, Italia se puso al borde con el fallo de Bonucci, a quien se le veía en la cara que aquello no iba a terminar bien. Aunque lo cierto es que Iker ya había certificado antes su valor milagrero interponiéndose por dos veces entre la bota y la celebración, aguafiestas profesional titulado.

Italia jugó tan bien que jugó mejor. Organizada entrono a un Pirlo cuya influencia sobre el juego es tal que pasa el balón sin tocarlo, con el pensamiento y la mirada. Intervino muy poco materialmente durante la excelente primera mitad italiana y en cambio la sensación era de que todo gravitaba en torno al bresciano. El impacto de Pirlo sobre el fútbol y el juego italiano ha sido progresivo, quizás mimetizando así el propio carácter lacónico y el juego esencial del futbolista que ve ahora, con 34 años, como la Juventus en el Calcio y la propia selección italiana se organizan en base a las características de su juego. Sin desmerecer la excelente labor de Conte en uno y de Prandelli en la otra ambas son escuadras pirlistas, definidas y determinadas por su formidable toque de apertura y su prodigioso sentido posicional. Para su desgracia a ambos parece faltarles un extra que convierta un fútbol admirable, por su estilo, simplicidad y belleza, en títulos de gran calibre. Ayer Italia acababa en Gilardino, un nombre que suena a pasado aunque nunca tuvo mucho presente. Pero Pirlo no tiene la culpa de eso, tampoco la tiene de España; bastante ha hecho ya.

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El partido fue una maravilla táctica, demostrando como Prandelli había leído aquella derrota terrorífica de la final de la Euro para descodificar a España. Italia empujo su defensa contra su mediocampo y atacó sin descanso por ambas bandas gracias a la inclusión de un central extra que liberó a los laterales, en especial a un Maggio soberbio quien en combinación con el lazial Candreva martirizó la banda derecha española, penalizando cada subida de Alba y aprovechado la inacción de Silva; inoperante en ataque y desentendido en defensa, ausente de un partido que demandaba movilidad y que añoró la capacidad de Fábregas para caotizar el orden defensivo rival y agitar de continuo el ataque propio.

Tampoco Torres pareció el jugador ideal frente a la capacidad para el juego de espaldas y la apertura a un toque de Soldado. El del Chelsea juega de frente a la portería se maneja en el espacio y lo vertical, pero sufre en la combinación. Así y todo no dio esa sensación desesperante de los últimos meses y se movió con insistencia hasta en los momentos más estáticos y bloqueados de esa primera parte  de la cual el equipo salió vivo por su condición, intangible, de verdadero campeón.

España, poco a poco, fue imponiéndose cosida al genio de Iniesta y a la seguridad defensiva del triángulo Ramos/Busquets/Pique mientras del Bosque leía el partido con su agudeza habitual. Movó a Pedro a la banda izquierda y colocó a Navas en la derecha por el desaparecido Silva, de pronto se dejó de jugar con uno menos los laterales italianos quedaron clavados dentro de su propio campo, cortando con ello la sangría de los primeros cuarenta y cinco minutos. Se benefició además de la entrada de Montolivo, quien mandó a De Rossi, mucho más directo, desde la escolta de Pirlo hasta el centro de la defensa con objetivo poco claro. Italia fue perdiendo intensidad aunque nunca dejó que el partido se desnivelase.

Al menos hasta la prórroga, saldada con un poste para cada uno pero con una superioridad española clara y sustentada en un que no fue ni una ocurrencia, ni una extravagancia: Javi Martínez entró por Torres para ejercer una labor mixta de atacante y defensor, tan desconcertante como eficiente, que terminó de abrirle las junturas a la defensa y centro del campo italiano. España golpeó ahí, pero no pudo partir a Italia, orgullosa pero muy quebranta al final del final, pensando que ni dando todo lo mejor sirve.

Hace poco Rubén Uría escribía sobre el aftermath, sobre el después del día en que España pierda, no un torneo como esta Confecup, convertido en serio por un cuarteto de equipos llenos de pasado, reciente o remoto, sino uno de verdad. Sucederá y habrá cuchillos y carroña y negaciones sobrevenidas y saltos del barco en marcha… pero también ocurrirá que España volverá a ganar, y lo hará con equipos peores que este; lo hará por lo mismo que ha ganado hoy,  porque se ha acostumbrado.

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