Confecup (y 2): de España, Tahití, la grada y la calle

El espíritu de “lo importante es participar” queda muy bonito en estado de abstracción pero cuando es televisado en crudo para millones de espectadores en mitad de uno de los estadios más legendarios del globo, pues la idea se reblandece rápido. La idealización enfrentada a la realidad implacable suele terminar con un ojo morado de la primera y de nada de esto tiene culpa Tahití ni sus jugadores, los cuales se comportaron con una honradez enternecedora, inocentes del espectáculo macabro en el cual estaban participando.

España, igual de honrada, mostró respeto a su propia camiseta, a la del rival y al fútbol machacando sin piedad; otra cosa hubiese sido condescendiente, baboso. En el fútbol el verdadero respetó se muestra metiendo 10 goles si puedes en lugar de quedare solo en cuatro y luego perdonar la vida. Fernando Torres, tetragoleador, lo definió muy bien al final del partido: “Jugamos sin hacer florituras, sencillo e intentando ganar por todo lo que se pudiese”. La clave está en los dos primeros conceptos. No hubo regates ni humillaciones, nadie se quedó con la sensación de haber sido toreado ni burlado, al contrario, los futbolistas de Tahití, amateurs todos menos su lateral derecho, no lo olvidemos, conocieron en directo el máximo nivel del juego que aman como, evidentemente, no ama ningún directivo de la FIFA quien los tiró como a cristianos a los leones; y ya se sabe, los leones comen.

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Maracaná, insultado, se dedicó a jugar otro partido, convirtiendo su estructura magnífica en un altavoz donde retumbaba la calle de Brasil. Hubo cánticos y pitos, muchos, que el oído fino de Vicente del Bosque interpretó con inteligencia como manifestaciones de algo más profundo que una pachanga a destiempo

Pele abrió la boca de nuevo anteayer para demostrar su carácter servil, de arrimado al poder, para pedir que los brasileños olvidasen las protestas y apoyasen la Confecup con la sonrisa en la boca bien cerrada, conformándose con ser palmeros y adorno colorista. El público en la grada y la gente en la calle, ya se sabe, molesta si no hace lo que toca.

Cuando Maradona tarifaba en los 80 de Joao Havelange aquello no eran delirios de cocainómano, sino la inteligencia salvaje del futbolista, que dice Jorge Valdano, conectada de forma directa e intuitiva a la sensibilidad popular que encuentra en el fútbol una manifestación política y no un paranormal aislado de la sociedad. Como nos quedamos sin Sócrates, el pensador con un 37 de pie, tuvo que ser Romario, otro anarcoide no integrado en el Sistema, quien saliese a pedirle a O Rei que dejase de decir gilipolleces, porque el estadio, la grada, todavía pertenece a la gente, al igual que la calle, por mucho que se empeñen en robárnoslas.

 

 

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