Über alles

Europa entera mirando la final alemán jugada en zona euroescéptica. «Deutschland über alles, über alles in der Welt» y la guerra por otros medios. El Deutschbank futbolístico exhibió su belleza mecánica, su esplendor geométrico y su pureza de acabado y líneas en una culminación formidable, en una final superlativa en la cual hubo juego, emoción y épica. El Borussia y el Bayer sintetizan el fútbol de la joven Alemania, son una culminación de un trabajo formativo, económico y de regeneración que ha solidificado en una escuela alemana evolucionada, partiendo desde la Mannschaft que Klinsmann y Löw se inventaron y proyectado en una política de equilibrio presupuestario, de endurecimiento de las condiciones del fútbol base –los clubes alemanes deben tener escuela y solo se permite en la cantera jugadores alemanes y/o comunitarios-, sano mestizaje cultural, derechos televisivos bien repartidos y respeto por un aficionado que llena los estadios para ver un fútbol por el cual merece la pena pagar la entrada.

Alemania manda de nuevo en ese terreno de las victorias morales que es el campo de fútbol. Otra vez es un rodillo como el de los 70, aunque esta vez envuelto en terciopelo y su imagen no es la del milagro económico de la reconstrucción post-bélica y el muro de Berlín, sino el de la Troika y la hegemonía liberal trajeada.

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El Bayern de Munich alcanzaba ayer su tercera final en cuatro años, segunda consecutiva y ganaba su quinta Copa de Europa. No lo hacía con el juego plomizo, de hormigonera pesada que era su personalidad desde los tiempos en los cuales Beckenbaur dirigía un equipo que ganaba por sistema mientras el fútbol lo ponía el romántico Borussia Mönchengladbach de Rainer Bonhof… y de Jupp Heynckes, quien entonces era el segundo mejor delantero de Alemania, siempre a la sombra del Torpedo Müller.

Como el Mönchengladbach el Dortmund es otro equipo de la  Renania del Norte-Westfalia, la zona industrial del país opuesta a la tradición aristocrática y tradicionalista de Baviera. Quizás por eso el Bayern es el equipo más odiado de Alemania, por eso y por su rapaz política de fichajes consistente en desmantelar al resto de los clubes. Un detalle que convierte en más meritorio el ascenso del Borussia de Klopp, campeón las dos últimas Bundesligas con un presupuesto/recursos mucho menores que los del gigante del Sur.

Los de Klopp replican la modernidad de Dortmund, su reconversión a epicentro tecnológico del país y han pasado de ser un club de juego clásico germánico, aquel que les llevó en el 97 a ganar su única Copa de Europa cosidos a la solidez del grupo y al talento de Matthias Sammer, emigrado de la RDA, y en espacial al inigualable Andy Möller, a erigirse en un espléndido ejemplo de juego minucioso, combinativo e intenso. Espejo de la Alemania de laboratorio del presente, conformada por igual por talentos locales y de aluvión, integrados en un mecanismo colectivo diseñado para someter al rival tanto desde la posesión –el balón, el dinero- como desde la presión –la posición, la deuda-.

El Bayern, pese a su condición de natural conservadora y clásica ha abrazado con devoción este nuevo ideario germánico: una interpretación personal de diversas herencias locales, cruyfistas, sacchianas y guardiolescas; y desde la altura de su presupuesto millonario lo ha elevado a la perfección. Para ello ha recurrió primero a la escuela holandesa de línea dura, Van Gaal, y luego al regreso de Heynckes, formado en el fútbol alemán de toque como jugador y con una larga experiencia como entrenador fuera del país. Heynckes, con su sabiduría, ha ejercido sobre el club un efecto similar el de Luis Aragonés o Del Bosque sobre la selección española: un liderazgo tranquilo, basado en el rango de la experiencia y la elasticidad, insólita, para acomodarse a los nuevos tiempos. En cierto modo todos ellos proponen algo similar: una interpretación de los fútbol de los 60/70 que ellos jugaron adatado al ritmo físico y la velocidad demente de los 2000/10.

Los alemanes son concienzudos en la labor, aplicados hasta el éxtasis y este futbol que abrazaron hace unos años han permanecido devotamente perfeccionándolo hasta llegar al culmen visto ayer noche. Los dos equipos mostraron sus mejores versiones, atacando sin reservas, produciendo ocasiones en cascada, sometiéndose alternativamente hasta que la lógica histórica se impuso y Arjen Robben desequilibró el duelo cuando todos pedíamos una prórroga que nos diese más de aquello tan insólito: una final competida a golpe de fútbol y solo de fútbol.

 

 

 

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