Viva el mal, viva el capital. Final de la Europa League

Lo primero decir que resulta un poco extraño escribir sobre una final que ninguno de los dos equipos en disputan deberían de haber jugado. Chelsea y Benfica son como esos invitados desagradables, que gorronean todo lo que pueden y te desordenan la casa. Rebotados de la ligas mayores, una vez la UEFA ha logado destruir sus viejas competiciones europeas definitivamente para crear esa Champions del pobre llamada, para mayor escarnio, Liga Europa.

Sobrepasado este desagrado inicial toca reconocer que el partido fue bueno a rabiar. Apasionante como final, abierta, encima, a esa épica atravesada de la derrota tan futbolera: por segunda vez en una semana el Benfica perdía un título en el descuento.

Si el fin de semana el Oporto los superaba en la penúltima jornada con una gol(azo) en el minuto 91, ayer Ivanovic lo hacía con otro, un cabezazo sublime, en el 93. Al Benfica todavía le queda una final copera domestica… se masca la tragedia histórica. Ya se sabe, el fútbol adora la crueldad.

Fue también una final maravillosa por su mixtura de belleza y fealdad. Esa dualidad prodigiosa del fútbol, el único (o casi) deporte que premia lo parasitario. El Chelsea, desde su futbol-nada ha ganado consecutivamente la Champions y la Europa League. Un prodigio. Ya se sabe: el Benfica jugó al fútbol y el Chelsea ganó al fútbol. Cosas distintas.

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El entusiasmo y el juego de los portugueses fue admirable, sus primeros veinte minutos un recital y el valor de Jorge Jesus, ese entrenador con aspecto de cantante italiano circa. 1983, en los cambios anteriores al empate rozando el maravilloso impulso suicidad. Pero igual de admirable, aunque por supuesto mucho menos agradecido y hasta profundamente desagradable, fue el esfuerzo solidario de los londinenses, su frialdad de veteranos del miserabilismo futbolero que saben que, tarde o temprano, la oportunidad subterránea se les presentará: esta vez fue en forma de un saque largo (¡con la mano!) de Petr Cech que trompicó en el centro del campo, fue tragado por Leandro y terminó listo para la galopada de Torres, goleador de finales.

A parte de esto el Chelsea se defendió con el estilo inconfundiblemente italianizante, acumulativo por definición, de Rafa Benítez y dejó esas perlas en forma de latigazo a la cruceta que Frank Lampard, uno de esos que ya no hay, es todavía capaz de mostrar. Con Lampard retirado al pivote, dosificado y Mata demasiado lejos de la maquinaria el Chelsea queda definido por las galopadas de Ramires, fondista keniata travestido de futbolista brasileño y la excentricidad que supone David Luiz como organizador.

Desordenado, pinturero y con un total y absoluto desconocimiento de la posición, el antes central del Chelsea contrastaba con la ortodoxia del serbio Nemanja Matić, quien movió todo el partido a su equipo con una armonía fabuloso que conducía a constantes llegadas por la banda que terminaban, invariablemente, en barullos en el área producto de las trece o catorce camisetas azules allí encastradas.

Un equipo antipático el Chelsea, pero por eso mismo imprescindible ya. Se ha ganado su posición como grande más allá de los millones rusos. Se la ha ganado por su decidida política de convertirse en el villano oficial de todo este invento, el equipo al que amamos odiar. No es de extrañar que añoren a Mourinho, el Fu-Manchú del futbol contemporáneo del cual el mundo, pronto volverá a saber. Carcajada final y adiós a Rafa Benítez… con título o si él.

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