S.L. La Liga, jornada 35

«¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió que cuando esto acabe no habrá nada más? Fue bastante ya», canta Nacho Vegas en El hombre que casi conoció a Michi Panero. Aplíquenlo a La Liga. Es admirable lo del Barcelona este año, fue un mal año, uno de eso jodidos y así y todo se llevó el trofeo con autoridad, como si recuperase lo que era suyo después de un año de préstamo en casa ajena. Líder de la primera, sí de la primera, hasta la última y en espléndida metáfora ultimándola si ni siquiera necesidad de jugar.

Aunque para ganar el título lo cierto es que le bastó con la mitad: la vuelta perfecta, la vuelta asesina. Con ella logró que la admirable Liga de los 100 puntos del Real Madrid del curso pasado quedase como un paréntesis en un ciclo glorioso, casi como un accidente, una excentricidad. Una victoria admirable, incontestable pero ya no más, por favor. Otra así sería inaguantable.

Si al fútbol le extirpas la emoción termina por quedarse en poca cosa. Subsiste el placer estético, claro, pero incluso este estraga; bien por que deriva en amaneramiento rococó, bien porque incluso este se resiente de la falta de tensión. Algo de esto le ocurrió al Barça este año, sumado a una serie de sacudidas extrafutbolísticas lamentables que convirtieron su juego en una mezcla insípida de inercia y desatención.

El Real Madrid quizás pensó que con lo del año pasado estaba hecho, que había finiquitado al Barcelona y empezaba su tiempo de dominar. Lo que ocurre es que las cosas ya no son como era; y no lo son desde hace mucho. El Barcelona ya no tiene la mandíbula de cristal, se ha convertido en un contragolpeador peligros, demoledor. Desde la 90-91 con Cruyff han pasado veintidós temporadas; once de ellas las ha ganado el Barcelona, tantas como en todos los años anteriores juntos.

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El Barcelona de Tito Vilanova de la primera mitad de la Liga había apostado por un riesgo se diría que necesario para empezar a reconstruir su discurso ganador. Ofrecieron entonces un equipo vertiginoso, de menos control y mayores espacios como una vía de riesgo pero efectiva finalmente para contrarrestar el plan único con el cual los contrarios había empezado a gripar al Barcelona de Guardiola, ensimismado en un juego que habiendo sido llevado a la perfección solo podía reblandecerse en manierismos y autocomplacencia.

Cuando la enfermedad de Vilanova le apartó del mando el equipo se desorientó, se bloqueó y en mitad de la crisis volvió a su versión anterior, la confortable, la reconocible. Lo que ocurrió es que esa ya había sido descodificada y para reactivarla era necesaria una intensidad de la cual el equipo carecía mentalmente. El factor Messi fue suficiente para que el equipo ni se inmutase en la competición domestica, más domestica que nunca, en zapatillas y pijama de tres días. Pero en Europa el cuerpo del crack dijo ídem y el Barça se quedó en el esqueleto.

Al final, entre vaivenes, el cambio más importante no fue el del Barça de Xavi por el Barça de Fábregas, el del fútbol-control por el de los velocistas… no el cambio fundamental fue el del colectivo por el individuo. Gran parte del año el Barcelona no ha sido un equipo, y eso si que es insólito, no ha actuado como el bloque orgánico que estaba programado para ser, sino como una serie de células autónomas que interactuaban por afinidades en el mejor de los casos y como una ameba dependiente de su única célula en el peor de los mismos.

Todos los problemas del equipo han tenido al final la misma solución: Messi. Pero esto no ha hecho desaparecer los problemas, solo los ha escondido. Así, cuando Messi ha faltado, nadie se acordaba de cómo demonios se hablaba aquel idioma-Barça cuya complicación radica en su pura, bella, simplicidad.

 

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