¡Niégalo todo!: Copa de Europa, vuelta de semifinales

La épica se fabrica con el mismo material que lo imposible y lo inverosímil. No es un material físico, es uno en el cual hay que creer mucho antes de ver en marcha su compleja mecánica interna. La épica es trascendente porque convierte al hombre, al tipo mundano como tú o yo, en mito, en lo más parecido a un dios encarnado. El deporte, el fútbol, es  terreno para la mitología moderna porque allí hay unos hombres trascendentes que son capaces de hacer lo que tú o yo no podemos. En la doble noche europea de esta semana han nacido unos cuantos mitos, se han repartido más medallas que en la batalla de Rorke’s Reef. Alguno ha dando hasta la final por estar en la final añadiendo a la épica la dimensión metafísica de la tragedia. Sergio Ramos, prodigioso como central, arrugando al límite a un Lewandowsky minimizado y percutiendo en área contraria para empujar el último balón, vio una de esa amarilla que a la vez que cometen una injusticia crean una leyenda. La imagen del capitán, llorando en medio de la locura de un estadio es ya un icono blanco, directo al poster de miles de paredes.

El Real Madrid logró fructificar su avalancha inicial en un gol que al final resultó vital, la única intervención de un Cristiano Ronaldo gris pero suficiente, imponiendo su fortaleza por alto cuando por bajo estuvo fallón y tenso. Todo lo contrario que un Benzema flotante, ligero, recordando el ralentí mortal de Butragueño al pisar el área en el pase atrás de último gol. Si uno se fijaba bien veía que todo alrededor del francés parecía ir más rápido mientras a él lo rodeaba una burbuja, un campo de fuerza de puntitos como el de la Chica Invisible de Los Cuatro Fantásticos en los viejos tebeos en cuatricomía.

Quieto, muere, resucita. Un tiempo particular para Benzema que cambió la conversación del partido en un movimiento de Mourinho cuando el Borussia ya pensaba que había logrado domar al Madrid, romperlo como a un caballo salvaje. Khedira entró entonces por Higuaín para arropar y oxigenar a Xabi Alonso y Modric en el medio campo, Özil se movía al centro para negociar con Benzema y Cristiano, sacrificándose en medio de su desacierto, honrándose a sí mismo como futbolista, ocupaba la banda para insistir al desmarque.

Cerraba el Madrid con tres atrás y eso provocó un par de llegadas venenosas de Reus con pase atrás que provocaron dos paréntesis que parecieron eternos entre el “Si” y el “se puede” que la grada coreaba incansable. Un paréntesis ocupado por un Diego López que jugaba sabiendo que esa era su oportunidad para la grandeza.

Con el Borussia decidido a buscar el gol que ultimase la semifinal frente al Madrid abierto, sin excusas, centrifugando el caos, una combinación rápida, devuelta y terminada por Benzema puso el 2-0 y convirtió los minutos restantes en martillo contra yunque, una fragua futbolera de la que emergió, salvaje, Sergio Ramos. Síntesis de madridismo, nuevo espíritu Siglo XXI.

El Real Madrid batió a lo improbable en martes noche con un Borussia sobrepasado por la emotividad del ambiente. El de los “90 minuti son molto longo” el del miedo escénico, el de la noches europeas. Lo del Barcelona, en cambio, fue una victoria contra lo imposible. Más abrupta, más injusta quizás, más terrible porque, en cierto modo, el Dortmund lo sintió al entrar al campo, notó que aquella noche iba a ser una mala noche y se desdibujó, no se reconoció a sí mismo.

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El Bayern, en cambio, se fue deshaciendo en el partido, demasiado tranquilo al principio con un par de buenas oportunidades rápidas y un Barcelona que, con Messi en el banquillo, apretaba los puños para que el temblor no se le notase. La cosa no cambió con el primer gol de Pedro, en posición de cazagoles, de ratón de área, respondiendo a una llega de Adriano que metió el balón el área por bajo, buscando más el rebote loco de un centro duro y seco  que la precisión.

La grada se quedó perpleja, lejos del delirio madridista del día anterior, como si de pronto se vientan obligados a apartar de la cabeza el estado de aceptación no ya de la derrota, sino de la superioridad del Bayern que se había interiorizado a lo largo de una mala semana. No fue el gol el que la reactivó, fue una parada de Valdés a Robben extraña réplica de la de Casillas al mismo jugador en al final del Mundial; la gente rugió y en ese mismo momento los jugadores dejaron de apretar las manos, se las miraron y las reconocieron como propias. Seis minutos después Xavi estrellaba una falta en el larguero, 3 más tarde Van Buyten sacaba de la línea un barullo en área que no se sabe muy bien quien había empujado hacia palos. Los últimos quince fueron una obra maestra de Iniesta, desarbolando desde el extremo con su estilo deslizante y combinando en el medio como si el balón fuese suyo y lo prestase solo de vez en cuando. Pero fue la belleza por la belleza ya que el Barça no fue capaz de producir nada más.

El resto puede resumirse en una palabra: Messi.

Menos quebrantado que contra el PSG ocupó de manera novedosa la plaza de Xavi en un movimiento brillante de Vilanova, quien igualmente agitó la banda con Tello en clave de extremo puro, de incordio constante. Casi nada más salir agarró un balón en la frontal, sentó a Javi Martínez y la clavo en el ángulo, como si no costase esfuerzo. A penas un par de minutos después filtró un pase raso desde el medio del campo, hasta donde la defensa muniquesa había empujado, para Villa que terminó siendo el tercero.

A partir de aquí el Barça se serenó al mismo ritmo que la grada entraba en un estado paroxístico, al mismo que el Bayern se bloqueaba, sacados de su plan inicial de imponerse fuera de casa con las misma armas agresivas  que dentro. Una fea entrada de Robben  a Cesc volvió a electrificar el partido y significó una tarjeta al holandés que al final sería clave, porque con veinte minutos por delante un penalti de, otra vez, Van Buyten, a Iniesta donde el barcelonista quiso y el defensa belga dijo “vale” facilitó por igual al igualada con gol de Messi y al expulsión de Robben al protestar.

El escenario parecía el ideal para el correcalles y la locura pero, en cambio, el Barcelona lo puso a enfriar, quizás obligados por el rimo singular de Messi, fuerza centrípeta del juego. Consciente de su inferioridad física el Barcelona se reconstruyo alrededor de la enésima reinvención del argentino como mediocentro, muy bien guardado por Song, otro reivindicado, y Thiago, magnífico en la prórroga, con una serenidad insólita.

Una prórroga donde emergió Piqué, convertido en una pared y en un verdadero líder, puyolizado en gran parte, fenomenal al corte venciendo por anticipación allí donde se podía perder al cuerpo a cuerpo, y Valdés, coreado desde la grada en un perdón colectivo apoteósico; tanto como la mano que le sacó a Mario Gómez cuando el partido agonizaba y Messi se limitaba a pivotar, despachando balones que nunca perdía, anestesiando la prórroga para jugárselo en la ruleta rusa; allí donde la estrella siempre falla; y esta vez la estrella fue Ribéry.

Tiró el primero a la base del poste y allí murió la semifinal, la contraimagen de la del curso pasado frente el Real Madrid. Sin Robben como lanzador y Valdés iluminado parando a Gómez y Müller al Barcelona no le hizo falta el quinto, paradójicamente el de Messi, tieso; quizás la estrella, otra vez, hubiese fallado.

Dos noches para la historia, homéricas, que obligan a desdecir lo dicho y reescribir lo escrito. Muestra proteicas del poder de los equipos del siglo, de dos siglos ya, y de la supremacía, incontestable, de la mejor liga del mundo. Bayern y Borussia han replegado hasta su sitio natural entre los mortales que se meten en disputas de dioses. Lo que viene no será una final, será La Final; una para los verdaderos creyentes, una con la cual la Champions bien podría clausurar su historia porque es imposible de superar… ya ves tú.

 

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