Messi y los demás. La Liga, jornada 34

Un cuarto de Messi sirve, media hora de glamour y dos goles de sea acabó lo que se daba. No diré que pone la “F” en fútbol, pero casi. Demasiado maltrecho para la Copa de Europa, o mejor dicho para las alturas mareantes de la misma, hay Messi de sobra todavía para finiquitar la comedia liguera.

Quizás el Barça haya terminado ciclo, que se yo, pero desde luego Messi no. Con él protagonizando el Barça ha ganado al menso un título durante las últimas cinco temporadas; siete (ocho con la Liga 2012/2013) de verdad y catorce (que serán quince) sumando subtítulos. Queda poco espacio para la literatura; la gloria de Messi es prosaica, contundente y de corriente continua: la sensación es que mientras quiera seguir ganando y el físico le respete en unos mínimos, ganará; como una ley natural.

El Betis no jugó demasiado bien, dejó huecos a la espalda en cantidades industriales pero el Barcelona ya no está para nada. Falló con ganas, falló con devoción y hasta llegó a ir perdiendo pero primero Villa igualó casi con su dorsal en la pizarra de cambios y después llegó la hora del niño milagrero. Ese perro, en genial definición de Hernán Casciari, monomaníaco del balón, que se activa como un resorte cuando una pelota pasa por delante suyo, lanzándose a perseguirla, a jugar con ella mientras todo el mundo a su alrededor se disuelve en una mancha que no importa, porque en realidad, no importa.

Más que ninguna otra esta es (o será) la liga de Messi, la que ganó prácticamente en solitario, para lo bueno y para lo malo, marcando casi la mitad de los goles de su equipo, jugando de todo y llegando al final exprimido como una naranja, como dijo esta semana Carlos Bianchi. ¿Puede resultar el totalitarismo futbolero de Messi la muerte lenta del Barcelona? Puede, pero desde luego será una agonía dulce, como desangrarse de títulos.

Y al mismo tiempo, en otro lugar más inhóspito se juega una Liga propia donde, como en la Cúpula del Trueno de la tercera entrega de Mad Max “dos hombres entran, solo uno sale”.

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El Aftermath de la competición, los restos del invierno nuclear de los derechos televisivos, los delirios de grandeza y las combustiones espontáneas es un páramo de seis puntos donde ni el Athletic de Bilbao puede respirar tranquilo, empeñado como está en ponérselo más y más difícil. En Balaídos duró la media hora habitual en un equipo de solo dos velocidades: a tope o muerto.

Un Iago Aspas empeñado en hacerse perdonar aprovechó la segunda velocidad bilbainita para clavar un golazo que significó un punto de esos son algo más que rascar un empate. Encima el Deportivo se trastabilló en su escalada mítica en un partido feo, malo y arbitrado de pena contra un Atlético de Madrid que ya piensa en la Copa que el queda por tomar y no en la que tiene en la mano, ya casi vacía.

Justo encima por encima del descenso queda el Osasuna, descompuesto y arrollado por un Valencia que todavía mira a la cuarta plaza de Champions, esperando ver que hará la gran Real esta noche contra el Getafe, uno de esos equipos flotantes de la competición, cuerpos extraños de la Liga que son como los doblados en las carreras de Fórmula 1.

De un par de esos se aprovecharon Zaragoza y Granada para presionar a los cuatro últimos. El primero de un Rayo demasiado irregular en la segunda vuelta y el segundo a un Málaga depresivo. En cualquier caso ni a los de Jémez ni a los de Pellegrini se les puede pedir más de lo que han dado este curso. Prodigiosos ambos.

El Mallorca rascó al fin un punto, que sirve para no descolgarse y seguir pudiendo acometer actos de fe que conspiran contra la realidad; una realidad de cuatro puntos de distancia, en este caso. Lo hizo contra un Levante salpicado por una serie de problemas internos y acusaciones externas de dejadez (léase amaño) que han dejado tocado el honor de un equipo que se ha comportado de manera admirable las últimas temporadas pero que esta, machacado por la incursión en la Europa League y desmotivado toda la segunda vuelta, ha ofrecido una imagen poco favorecedora, de descomposición de un proyecto basado en las segundas oportunidades que quizás no de más de sí. Lástima que así fuese, el Levante, equipo malcarado y lleno de cicatrices, es (o era) en sí mismo una impugnación crepuscular de la modernidad futbolística (que no futbolera) dominante.

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