El ministerio del fútbol: Alex Ferguson

Colorado, mascando chicle, sonriendo malicioso en un rueda de prensa, pasando de la calma a la furia en un parpadeo mientras baja a empujones los escalones del banquillo de ladrillo rojo de Old Trafford. John Carlin escribía hace un tiempo que Alex Ferguson era capaz de empezar una pelea en una habitación vacía. Un tipo antipático, explosivo y arrogante, carismático y socarrón. Un cabrón malcarado y  la vez un tipo encantador… y laborista. Como los no menos históricos Brian Clough, legendario entrenador de Nottingham Forest bicampeón de Europa o el gran Bill Shankly creador del Liverpool del passing game.

Como Clough también es bastante bocazas y como a Shankly le gusta el juego por abajo, que el balón corra el verde. Aunque nunca ha tenido problemas con volverse mezquino, encerrarse y racanear al estilo del Arsenal que el mismo desbancó a principios de los 90. Ferguson tiene algo de antiguo y de nuevo, un tradicionalista contemporáneo que sabe (supo) acoplarse a los tiempos sin traicionarse, un anacronismo viviente y paradójicamente triunfante que ha esperado a ganar por última vez antes de decir adiós.

Lo que queda tras de él, será raro de ver por tratarse de un club personalista, donde el ídolo e icono estaba en el banquillo más que en el césped. Parece ser que David Moyes, admirable técnico del Everton durante la última década, es el designado como sucesor. Moyes es otro escocés duro, acostumbrado a un banquillo tranquilo donde él es al constante y no un elemento transitivo. El United se niega así a glamourizarse con un Mourinho o similar, aferrándose a una cierta noción de clasicismo británico. David Moyes, por cierto, también es laborista.

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Fergie fichó en 1986 por el United después del prodigio de no solo haber roto con el Aberdeen, un club del norte de Escocia, el domino de la diarquía Celtic/Rangers, la Old Firm tristemente rota con la desaparición del Glasgow Rangers esta misma temporada, otro de esos signos de la modernidad., sino de haberle ganado una Recopa al Real Madrid en el año 83

Llegaba a un equipo que era un grande intermitente para terminar convirtiéndolo en un grande constante. El United es (o era) el segundo equipo de la ciudad por detrás del City. Los celestes son el equipo de Manchester, mientras los Diablos Rojos lo son de los inmigrantes, un equipo de aluvión, tal y como sucede en Turín con respecto al Torino y a la Juve.

Aquel Manchester de mediados de los 80 resistía en mitad de una competición dominada por el gran Liverpool de la época, el de los herederos de Shankly, y el feo Arsenal del one-nil. No sería hasta la reconversión en Premier League del año 1992 que el Manchester de Alex Ferguson ganase su primer título liguero. Nacía un nuevo United y una nueva Premier de la cual sería gran dominador. Ferggie dirigía hacia la modernidad, pero el ideólogo estaba sobre el campo: Eric Cantona.

No es exagerado decir que el francés con peores pulgas de la historia cambió el rumbo del fútbol inglés. Ferguson lo intuyó y lo aprovechó mostrando así una de sus principales características como manager y entrenador: el talento para el talento.

Es cierto que ha metido la pata unas cuantas veces pro fiarse de su propia capacidad, seducido por el aire infalible que los demás le dicen que trasmite. Hay unos cuantos Djemba-Djemba en su historial aunque pocos en Inglaterra se atrevan recordárselo. Ferguson impuso a lo largo de los años un férreo control sobre la Premier, no pocas veces denunciado por compañeros suyos, basado en esa fortaleza de carácter capaz de intimidar a los distintos estamentos profesionales e incluso a la prensa.

Uno puede pensar que trece Ligas y dos Copas de Europa y una Recopa en veintiséis años no son tanto, que el ratio de victorias no parece tan impresionante, que a otros entrenadores se les ha quemado con un palmarés proporcionalmente mejor o más llamativo. El gran mérito de Ferguson no fue el de ganar, fue el de mantenerse entre los ganadores. Nunca ha corrido para llegar, pero ha llegado. Ha sido un elemento sólido, una masa de increíble poder gravitacional entrono a cual ha orbitado todo un club y toda una institución. Un ganador tranquilo en una Liga con memoria, donde los triunfos no son momentáneos, sino eternos.

 

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