They Shoot Horses, Don’t They?: Jornada 33. La Liga

La Liga, como un caballo con una pata rota en una película del Oeste, está pidiendo que alguien termine con su sufrimiento poniendo una bala en forma de balón ganador a través de uno de esos ojos redondos, abisales, que devuelven imágenes deformadas de nosotros mismos. Un ojo revelador donde nos vemos tal y como somos por dentro, en este caso tal y como la competición nacional es por dentro. Tal y como Zubizarreta dijo a principios de semana, y lo dijo antes de los calamitosos partidos europeos  así que no hay ventajismo, la Liga ha pasado de ser el gran campeonato a ganar en el curso a una competición clandestina que se juega los fines de semana.

Este año se agostó tan rápido, a la altura de enero el Barça ya la había ultimado, que su segunda mitad ha sido más decadencia que agonía, porque en esta última hay cierta épica terminal.

Parece que solo la exuberante Real Sociedad, ganador ayer por 4-2 al Valencia en un partidazo de los que cada vez se ven menos, y el honesto Málaga, quien pese a un futuro opaco sigue honrando al torneo y busca el cuarto puesto tras ganar de nuevo, esta vez al Getafe por 2-1, mantienen la ilusión de la competencia por arriba; aunque sea en la planta media del mérito.

Los vecinos de arriba, en cambio, no son capaces a decidirse a dar el tiro de gracia. El Barcelona, pensando en otras cosas y con gol inverosímil de Messi incluido, vuelve  a dejarse puntos que ya estaban ganados y se deja arañar un par por un Athletic de Bilbao mediocre y azorado pero que, al menos, mostró el suficiente orgullo.

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El Real Madrid, por su parte prolonga el sufrimiento ganado sus partidos por inercia; una inercia que el caso de sus repetitivos derbys contra el Atlético de Madrid tiene un color de comedia grotesca, casi de farsa. Pocas veces en la última década como este año estuvo el Atleti en posición (teórica) de llevarse ambos duelos y por dos veces los pierde; o pero no los compite atenazado por alguna inescrutable barrera psicológica.

Dijo Simeone que esperaba ganar el partido más importante, reconociendo tácitamente, y esto es cosa rara en el entrenador argentino, la falta de la misma de los enfrentamientos ligueros cuando al menos este segundo les hubiese igualado en la segunda plaza, le hubiese dado una ventaja táctica y encime era la oportunidad de hurgar en la herida descarnada que el Borussia les produjo el miércoles.

Ralentizados arriba y adormecidos en mitad de la tabla, la competición se reparte en dos franjes: la ya mencionada por la última posición de Champions (y quizás por el último de Europa League dependiendo de lo que esta noche haga el Betis frente al Deportivo en un partido prometedor) y la que se desarrolla en las catacumbas de la Liga, una “Otra Liga” de facto, bastante más intensa que la matriz.

Para compensar la somnolencia y redundancia de lo que les pasa a los que ganan siempre el Sur (metafórico y literal) de la Liga ofrece épica de sobra, agonía genuina, rayando la desesperación en unos tiempos en los cuales el descenso puede significar mucho más que perder una categoría o dañar la propia historia: puede significar la desaparición efectiva, fulminante, o el hundimiento en las aguas pantanosas del fútbol semi-amateur.

Esta jornada el Celta toca la línea del descenso con la punta de los tras ganar al levante y pero no se libra de las salpicaduras de la cruenta pelea entre el Zaragoza y el Mallorca, donde estos salieron malparados tras un 3-2 que los empuja, con 28 puntos contra 30 al fondo de la clasificación.

Hacía tiempo que ningún equipo no se descolgaba a mitad de temporada, quizás sea consecuencia de la progresiva desaparición de la clase media de nuestro fútbol que produce una igualdad del cuarto para abajo cada vez más acusada, tanto como la diferencia hacia arriba, solo salvable con esfuerzos prodigiosos, con rango de milagro o conjunción astral. Así, no hay nada decidido y el Osasuna marca con 33 puntos la raya de los heridos graves donde nada menos que seis equipos van a jugar una mini-Liga por solo tres plazas. Quizás de alguno de los otros 3 tardemos mucho en volver a oír hablar; quizás tanto que hasta se nos olvide.

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