The Old Lady: Octavos de final, primera vuelta, Copa de Europa.

Ha vuelto la Copa de Europa. Dejando atrás ese monumento a la recaudación y el fútbol moderno que es la Champions League volvemos a lo de verdad, o a su versión contemporánea, algo más light y algo menos justa pero por lo menos cara a cara; uno contra uno. Desde octavos al fin se reabre la cúpula del trueno, dos entran uno sale.  En la primera entrega de la eliminatoria alguno ya no salió.

La edad ha convertido a Pirlo en un futbolista viejo y sabio, que no da una carrera de más ni un pase de menos. La Juve se ha construido en torno a su figura de filósofo grecolatino y la corriente de su pensamiento se ha extendido incluso a la selección. El equipo de Conte no reniega de las mejores características del juego italiano, la profesionalidad fanática, el orden y la riqueza táctica, el pragmatismo… pero matizadas a través del pirlismo, la corriente de pensamiento futbolero más atractiva surgida desde Italia en décadas.

Porque Pirlo no es uno de esos futbolistas disparatados como CassanoBallotelli o incluso Toti que ya casi se dan en exclusiva en el organizado Calcio, como si fuesen sistemas de fuga que impiden el colapso de una arquitectura asfixiante. Tampoco es ya un fantasista, otra estirpe específica de la italianidad. Es un jugador-ejemplo, un síntesis de estilo, depurado y vertebrador capaz de extender su influencia a un equipo completo amoldándolo a sus capacidades.

La Juve se plantó menos refrescante y más Italiana en el Celtic Park para finiquitar con un 0-3 la temporada del Celtic de Glasgow, un equipo que este año se agarró a la competición europea a la búsqueda de verdaderas emociones después de que este año la desaparición administrativa del Rangers dejara Escocia sin el Old Firm, el derby más espectacular, violento y radical del fútbol mundial. El fútbol, que es una forma del karma, permitió que la muerte de la Némesis quedase en parte restañada con la proeza de la victoria en casa frente al Barcelona en la fase de grupos. Es muy poco para un equipo histórico, pero es algo importante para su realidad presente.

Al Valencia, que no está para competir en estas alturas y anda escaso de oxígeno, casi los descalabra de forma definitiva el lujoso PSG, un equipo tan a la última que se ha convertido en unas siglas. En Mestalla demostró que en realidad es algo más que la versión pret-a-porter de un verdadero equipo, desdiciendo señales tan contundentes como el extravagante fichaje de David Beckham. Sencillo y contragolpeador, se fía del talento de los de arriba y la experiencia del resto para construirse como el enésimo equipo “con pegada”. Sirvió y, en un par de contraataques culminados por los argentinos Lavezzi y Pastore, el partido quedó cerrado… o casi; un despiste en el 90 y una roja directa demasiado rigurosa a un Ibrahimovich que, por otra parte, tampoco rascaba nada en el píe de Guardado en el 92, dejan abierta la esperanza mínima para la vuelta. Entre otras cosas porque el sueco no estará.

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Ni el Shakthar ni el Borussia son ninguna broma. Los ucranianos son más imprevisibles y los alemanes más metódicos, es cierto, pero ambos interpretan un fútbol similar: atractivo, rápido, ofensivo, agradecido para el espectador neutral y emocionante para el propio.

Hummels, un central elegante y sobrio, rescató la ventaja cuando ya terminaba el partido al marcar el dos del empate a dos. Con la discutible política del valor doble en campo contrario vale oro porque será extraño si el Shakthar no consigue marcar también en Dortmund.

Pero el partido grande de la jornada fue el del Bernabeu. Y no salió malo, aunque salió algo raro. Mourinho aparcó al racanería que le costó las eliminatorias contra Barcelona y Bayern en los dos cursos anteriores, presa de su obsesión táctica por el 0-0 en  las eliminatorias y planteó un partido a la carrera, similar a la ida de la Copa del Rey y muy parecido a lo ensayado en Liga contra el Sevilla, aunque cambiando a los suplentes por lo mejor del repertorio. Paradójicamente el resultado fue muy similar el del otro planteamiento: un mal empate.

Lo primero que ocurrió fue que el Manchester no es el Sevilla y por mal que juegue, y jugó muy mal, tiene percha y veneno. El Real Madrid atacó hasta el punto de atacar de  más. Fue como el cine de acción contemporáneo, basado en el entretenimiento obligatorio que conduce al exceso de diversión. No hubo paradas, todo fueron altos, todo aceleración. Esto produjo dos cosas: la primera una mala selección de tiro, por usar terminología baloncestística; disparó mucho, otra vez demasiado, sin dosificarse ni buscar ese pase extra que aclara la jugada de manera definitiva. Además De Gea paró de maravilla, sumando un factor de frustración.

La segunda fue que consumieron el motor. Y por el motor quiero decir Özil. Con Xabi Alonso muy quebrantado físicamente él dirigió todo, con Khedira y Coentrao como dinamos que aceleraban el juego y Cristiano listo para culminar desde cualquier lugar del campo. En la primera mitad las penosas prestaciones de Raphel por el lateral derecho convirtieron la zona en una autopista, con los jugadores del Madrid atormentando por allí sin parar. De un centro old school de Di María salió el primer gol, una prodigiosa suspensión de Cristiano, un cabezazo directo a las paredes en formato poster.

El gran peligro de un Manchester que no dio tres pases seguidos pero tuvo cinco goles claros era la movilidad incansable de Welbeck, apoyado casi en solitario por los intangibles de Van Persie, que hizo poco pero todo bueno y malicioso. Lo contrario de un Rooney inoperante, perdido.
Con su alarmante falta de talento en el centro del campo el Manchester se fio de la acumulación atrás, sustitutivo apañado de una buena defensa,  y del cansancio progresivo de los madridistas. Con Welbeck multiplicado para ayudar a Raphel y con Cristiano obcecado en irse al centro –a lo cual hay que sumar la preocupante incapacidad actual de Benzema e Higuaín- el Real Madrid abandonó la fértil banda derecha para estrellarse contra ese partido que el Barcelona lleva años jugando un día sí y a otro también. Y les faltó práctica, familiaridad con el manual para descodificar esos planteamientos. El Manchester se madridizó y el Madrid se vio enfrentado a una plausible versión de los partidos que él mismo suele plantear. No fue capaz de ganarse, solo se empató y terminó frustrado ante la idea de haberlo dado todo y no haber sacado demasiado a cambio.

Desde ya su temporada se reduce a dos partidos gemelos, dos eliminatorias replicada: Barcelona y Manchester. Demasiado poco demasiados millones y demasiadas portadas después

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