Hacer papeleo: La Liga, jornada 24

No creo que haya habido en toda La Liga (o así) una jornada tan demoledora, tan destructiva para el aficionado que esta: han ganado los ganables, han perdido los perdibles y los de en medio nos hemos aburrido como ostras.

Los muertos no han resucitado, solo han empeorado y el presente aliento de Deportivo o Celta resulta gélido, tétrico. A uno no le llega y al otro se le ha olvidado. Lo más interesante pasó fuera del campo, cuando Paco Herrera le dijo a su jugador franquicia, Iago Aspas, que se bajara de la parra y ayudase a los mundanos, a los que no han sido bendecidos con un talento como el suyo. Que se le quite la tontería, vaya. Eso que es el gran peligro de los futbolista bueno pero tierno. Tampoco el Mallorca post-Manzano muestra cambios: sigue siendo igual de feo.

A estas alturas ninguno parece en disposición de pelear lo que queda de curso. Quizás la esperanza sea un dubitativo Zaragoza, a cuatro puntos del Celta ahora y recién derrotado por el Osasuna que es el más adaptado de todos ellos a esa zona inhóspita de la clasificación. Los de Pamplona se mantuvieron fríos en los peores momentos, confiaron en Mendilibar comprendiendo que el equipo de este año es peor que el del pasado, en especial por la baja de ese formidable ancla del mediocampo que era Nekounam. Es un equipo consciente de sí mismo, de sus limitaciones y objetivos y eso, al final, te hace fuerte cuando llega la hora del vértigo.

Ese mismo que atenaza al Athletic, metido a solo dos partidos del descenso, incapaz de reconocerse, taquicárdico y tembloroso. Está en una posición peligrosa, donde los jugadores pueden o bien desenchufarse o bien quedarse rígidos. Si el Osasuna es el ejemplo de equipo adaptado a la supervivencia el Athletic es el contrario: van vestido de verano y allí abajo hace frío. Mucho.

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Los vivos, por su parte, tampoco han puesto cara rara ni se han sentido indispuestos, aunque solo sea para reírnos de sus desgracias de ricos. El Atlético de Madrid y el Málaga han vuelto a reconocerse, se han saludado a sí mismos y han sacado sus partidos con autoridad. En caso del Atlético desdibujando y minimizando al estupendo Valladolid de Djukic, con mérito doble por haberlo hecho, recuperándose rápido de la derrota contra el Rubin Kazan el jueves en la Europa League, esa Champions del pobre que ha suplantado a las venerables UEFA y Recopa.

El Barcelona lo pasó mal contra el Granada, otro equipo adaptado al cual el cambio de entrenador le ha sentado bien. Alcaraz les ha puesto dientes y ha acorazado al equipo, cerrado en una defensa implacable y armado con la velocidad de Ighalo, un tormento para Adriano primero y Alba después, y la pausa de Aranda. Un jugador raro este, autodestructivo y obcecado pero que, en sus momentos de lucidez, demuestra una variedad de recursos y un conocimiento de los tiempos del juego prodigioso.

Se puede hasta decir que el Granada ganó al Barcelona aplicando el mismo sistema, aunque más punzante, con el que le rascó los tres puntos al Real Madrid.  Lo que ocurre es que Messi también juega, y él sí que ganó al Granada. Dos goles que son 300.

A parte de esto, el partido solo sirvió para ahondar en la neurosis de Alexis y señalar de nuevo a Tello como un perfecto desatascador, una herramienta específica para problemas con los cuales el Barça chocó la temporada anterior y que este Barcelona híbrido de Vilanova parece capaz de resolver aun a costa de una mayor exposición defensiva.

El Real Madrid también hizo lo suyo y ganó. Ganó feo, ganó desabrido y ganó torpe, pero ganó. A falta de jugar al futbol, eso se lo dejó al Rayo Vallecano quien lo intentó con la mezcla de inconsciencia y gusto que ha implantadoPaco Jémez, el Madrid se distrajo en folklore. Como contra el Sevilla Mourinho sacó una segunda unidad reforzada. Kaká corrió y jugó con una prestancia engañosa, esa que lleva a escribir estupideces como “la segunda plenitud de Kaká”, mientras lo rodeaban las excentricidades que este curso presiden al equipo. Ramos marcó y se hizo expulsar en solo 18 minutos, con 45 segundos entre las dos tarjetas; Pepe se enfangó en sus acostumbradas reyertas, esta vez contra Chori Domínguez… tanto da, lo que a Pepe le pierde es la pasión por la violencia, la da gratis, es un buen samaritano.

El árbitro no ayudó, anda con un arbitraje demencial, donde nadie sabía qué coño se pitaba y donde las manos en el área madridista estaban al parecer permitidas. Nadie avisó al Rayo de este particular antes del partido. En consecuencia se les quedó el rictus un poco torcido. Paradas Romero es uno de esos árbitros creativos que interpretan el reglamento con espíritu de artista; es decir libre, como el verso.

Mourinho colaboró a las majaradas a su personal manera. Con 2-0 y Ramos expulsado decidió sentar a Morata, a favor de quien había mandado al banquillo a Benzema, tras haber metido el segundo. Sacó a Albiol pese a tener a Essien en un poblado centro del campo y decidó echarse atrás, matar el partido y jugar sin delantero. Cristiano terminó perdido y el Rayo rondó el susto.

Pero lo mejor volvió a estar en los alrededores: una nueva entrega de su folletín de  guerras personales e ininteligibles. En este apasiónante capítulo autoconspirativo y altamente paranoico el defenestrado fue el pobre Adán, quien sin solución de continuidad y giro dramático tras giro dramático ha pasado de estar mejor que Casillas a chupar banquillo de un recién fichado  y de ahí a ocupar silla en la grada. Lo próximo será barrer el vestuario, cortar el césped o jugar de delantero centr

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