Ganar a lo grande: España campeona del mundo de Balonmano 2013.

 

Nunca tuvieron opciones. 35-19. La mayor diferencia de la historia de las finales de los mundiales y la segunda mayor de España en el campeonato después del 51-11 a Australia en una de esas pachangas habituales de los mundiales antes de que llegue la hora de la verdad.

Dinamarca murió por aplastamiento víctima de una versión sublime del balonmano. Con 18-10 al descanso, los jugadores daneses decidieron quedarse en el vestuario, dimitir del partido y dejar que la segunda media hora pasase lo más rápido posible. Fue su peor momento en una pista.

No hubo historia que contar. España interpretó el juego, su juego, a la perfección; fue El Partido. Las mejores virtudes de los daneses fueron barridas. Su sólido 6-0 defensivo, de extrema agresividad, liderado por Toft Hansen, pareció blando, inane; la rapidez combinativa en ataque precipitación, el juego colectivo transformado en improductivas guerras individuales conducidas por los menos lúcidos mientras el gran Mikkel Hansen era incapaz de despegar los pies del suelo, fuera del partido, y sus geniales extremos notaban el brazo el brazo agarrotado.

Dinamarca llegaba a la final con cierta sensación de suficiencia, como si nunca hubiese forzado, ganado por la inercia de su balonmano fluido. Ni siquiera Croacia le había exigido lo esperado en semis, quizás fundidos tras la batalla contra la Francia crepuscular en octavos.

España, en cambio, había jugado con tensión toda su eliminatoria, le tocó el camino más sencillo, pero ese camino incluía la exigencia de ganar cada partido porque los rivales eran menores. Eso obligó a no relajarse, a exigirse y demostrar. Contra Eslovenia se ganó con autoridad, pero lejos del espectáculo total que se habían guardado para la final. Recordó a la de hace ocho años en Túnez, donde se doblegó a una potente Croacia que llegaba como clara favorita, aunque esta vez no cuenta con un jugador tan superlativo como era Rolando Uríos, y también a la de la final de la Eurocopa de fútbol, donde España llevó el fútbol a su límites para vaporizar a una Italia que había sido brillante hasta ese momento.

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La victoria se cimentó en una intensidad fanática, esa que define a los equipos grandes de verdad, una mezcla de iluminación, seguridad y genio. Esa que define también lo mejor de Valero Rivera como entrenador. Probablemente esta España no es tan sofisticada en lo táctico como la de Pastor en Túnez, pero ofrece un sentido del bloque demoledor. Además, supone a la vez una culminación y un inicio. España se ha regenerado en los últimos años, esperando paciente el relevo de jugadores. El equipo de la final es una mezcla formidable de veteranos y jóvenes, jugadores en su apogeo, sabios como el hoy despedido Alberto Entrerríos  y promesas. Valero los ha gestionado de manera prodigiosa, con paciencia en los malos momentos, construyendo no una selección sino un equipo, una característica compartida con las secciones de fútbol o baloncesto. También la salida de jugadores al extranjero ha aumentado el nivel de los jugadores, jóvenes como Valero Rivera Jr. Ha eclosionado en Nantes como extremo letal, y hoy ha despachado una final soberbia.

Valero ha leído el partido antes y lo ha desarticula durante. Limitando los cambios defensa-ataque, ha minimizado la velocidad de transición danesa, imponiendo el ritmo de España desde el primer balón. El bloque defensivo, liderado siempre por el descomunal Viran Morros, aplicaba profundidad y agresividad sobre Mikkel Hansen, dejando la responsabilidad de los ataques a un frío Bo Spellerberg, pasador al cual hacían caer en la trampa defensiva de ofrecerle el lanzamiento, y a un demasiado precipitado y obtuso Sondergaard. A eso se sumaba la labor intangible de un genio como Arpad Sterbik, portero apátrida con la incalculable capacidad de hacer pensar a los lanzadores más de la cuenta. Su segunda mitad fue un prodigio; los lanzadores sólo veían su chándal negro y Sterbik repelía balones entre bostezos mientras masticaba moral danesa.

En ataque Valero también cambió el paso. Guardó al ágil Sarmiento en el banquillo y optó por Joan Cañellas, el mejor del partido, como central, empleándolo en labores de ataque cuando a lo largo del campeonato lo había reservado para la defensa. Cañellas, escudado por un fenomenal Maqueda, otro jugador que ha evolucionado lo indecible en la Liga francesa, descodificó al instante la defensa danesa y ni siquiera el desesperado cambio a un 2-4 con un par de avanzados sirvió para algo; su repertorio de fintas, sus pases a un Aguinagalde que no necesitó hoy protagonismo desde el pivote, su seguridad en el lanzamiento —falló sólo uno de lo intentados— sólo eran adornos para lo más importante: la continuidad constante del ataque.

A través de su dirección España movía la defensa danesa a voluntad, provocando desequilibrios constantes y facilitando lanzamientos cómodos. Y cuando no lo eran, un par de liftados inverosímiles de Valero Jr., el estado de iluminación de los jugadores daba el mismo resultado: gol.

La final fue un monumento a un deporte hermoso y apasionante, machacado económicamente por este estado de crisis pero arraigado en España. Este equipo empieza aquí después del aprendizaje olímpico y lo hace con una exhibición en un Mundial. Nada menos.

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