Califa en lugar del califa. La Liga, jornada 14

Veinte minutos antes del partido en el Santiago Bernabéu contra el Atlético de Madrid, José Mourinho sale al césped solo, se coloca ante los aficionados y comprueba el sonido de la plebe. Quiere oír la aclamación, porque a los líderes ni se los elige, ni se los alquila: se los aclama. El senado romano tenía la capacidad de escoger un dictador por un número limitado de años. Su poder era plenipotenciario, así que si se ganaba a la gente y contando con el apoyo de las legiones, cada año su presencia era un peligro mayor para la República. Según cuenta la portada de hoy de Marca, órgano oficioso del partido, el Senado blanco ya está pensando qué hacer con su dictador.

Quizás Florentino se haya asustado, quizás porque él mismo fue aclamado y ejerce como dictador con aspiraciones secretas de emperador. También puede ser que se haya dado cuenta de que Mourinho, como Iznogoud, quiere ser «Califa en lugar del Califa».

Después de avergonzar a Narciso en su laguna, Mourinho envió a su lacayo, Karanka, a la rueda de prensa. El Real Madrid actual es como Downton Abbey comprado por un nuevo rico y el ex central campeón de Europa ejerce de ayuda de cámara. Mourinho no está para menudencias, tiene que ejecutar planes, mear esquinas y viajar al fondo se su propio ego. El portugués segrega su propio LSD y siempre está colocado de sí mismo. En la noche del sábado se jugaba quedar a 14 puntos del líder y a 11 del Atlético, pero convirtió el partido en el folclore que anima otra noche de mourinhismo, un trámite antes de seguir con el artista principal.

No debe escaparse que en un ejercicio maquiavélico volvió a contar por segundo partido consecutivo con José Rodríguez, suplente con Toril en el Castilla. Éste es su penúltimo objetivo, suponemos que es un entrenador pipero y seudomadridista, no como él, que ya lleva dieciséis chavales ascendidos al primer equipo. Que ninguno haya tenido continuidad y que no sumen entre todos ni 90 minutos es un detalle muy menor. La cosa es que él si se preocupa de la cantera, incluso pone a jugar a un buen madridista al cual Toril está maleando en el B.

En cierto modo es comprensible, en algo hay que entretenerse cuando lo que se ofrece sobre el verde es tan paupérrimo. Julio Maldonado, en arte Maldini, tuiteaba al terminar: «Partido duro de ver». Y tanto. El Atlético no dio dos pases seguidos, el Madrid hiló tres no más de cuatro o cinco veces, la mayoría con Benzema de por medio, que volvió a jugar de maravilla, pero no llena al fan; le falta el punto demagógico. Así y todo, ganó bien, incluso pudo haber goleado con dos tiros al poste de Cristiano, que ha decidido dejar de hacer el ridículo pateando como un jugador de rugby y al final metió una falta después de alrededor de setenta intentos. Un especialista, decían.

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No estuvo lúcido Simeone, equivocó la zona del campo donde iba a jugarse y al Atlético brioso, presionante y vertical no se le reconoció. No le puedes ganar al Madrid a chocar. Se empeñó en el centro con un Diego Costa perdido en los subterráneos del partido, dejando la ligereza venenosa de Adrián en el banquillo. Como resultado, Falcao desapareció en la maraña, a Arda se le apagaron la luces y Xabi Alonso conquistó el mediocampo a base de patadas y posicionamiento. Así, el Real Madrid se limitó a repeler desde los centrales, golpear en el centro y correr los balones sueltos arriba, siempre con un toque profundo de alguno de los buenos. Vamos, que era el Inter vestido de blanco, no aquella versión lujosa del Chelsea que ofreció en sus mejores momentos, y no fueron pocos, del curso pasado.

Lo que ocurre de verdad es que este partido sólo benefició al Barcelona: el Atlético pierde pie en la persecución y el Real Madrid no se mueve de su casilla y encima el estupendo Betis liderado por Beñat gana al Deportivo, que coge color de ahogado, y no se le despega de los cuatro puntos. La solución la pone Mourinho, otra vez mártir, madridista auténtico. Califa en lugar del Califa.

Y encima el Barcelona ha llegado al punto de estasis temporal. Todos los equipos que se enfrentan a él parecen ralentizados, todo se mueve muy lento alrededor, mientras ellos van a velocidad normal. La mejora de los de Bielsa se vaporizó, los tacos de sus botas eran plomo, siempre tarde, siempre tarde, como el conejo blanco. Pero da igual que corras, estás ralentizado, vas más lento que ellos, te han visto de lejos, ni lo intentes.

El sábado el Barcelona fue total (otra vez), el fútbol colectivo e individual llevado al punto del virtuosismo. No son alardes, es que de verdad son así de buenos. Es su velocidad normal, es su ritmo normal, es su fútbol normal. Los demás están sometidos a la estasis temporal. Fue en la jornada 14, el número de Cruyff.

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