Deberes y privilegios: Jornada 10. La Liga

Titodandoinstruccionesdesdeelbanquillo

Pese a lo que decía Baudelaire no, no se puede ser sublime sin interrupción. En esta jornada, ya la diez, todavía la diez, los cuatro de arriba decidieron dejarlo para otro día.

Eso significa que, cuando el Atlético y el Málaga no son sublimes, pierden. El Madrid y el Barça, en cambio, ganan igual. Quizás esa sea la diferencia primordial, la que marca la verdadera distancia. Aunque hay que reconocer que, de todos ellos, el Barcelona fue sublime con interrupción.

Al Málaga lo descabalgó ese Rayo de adictivos instintos suicidas que juega cada partido a cara o cruz y al Atlético, en ausencia goleadora de Falcao, quien terminó con la cabeza abierta y venda de futbolista de otro tiempo, un Valencia incomodo con su propia piel; que ni se gusta demasiado, ni sabe lo que quiere. El adolescente de La Liga.

No juega anda que merezca la pena ver pero ya está a cuatro puntos de la Champions, que es a lo que aspiran. Un poco más arriba resiste el Levante, con el carismático aire de Grupo Salvaje algo rebajado pero manteniendo seriedad, rigor y malas pulgas. Con el gran Ballesteros, que cada vez se mueve menos y juega mejor, representando en su físico maltrecho y sus cicatrices a toda una casta de futbolistas crudos, sin patria ni amigos pero con un sentido del oficio en trance de desaparición. A golpe de costuras y trotamundos de rebote el Levante resiste porque está fabricado en cuero ajado pero todavía duro, curtido con mordiscos y sal. El Sevilla no pudo con ellos. Otro más.

El Valladolid sigue negándose a no pagar la novatada y ayer le metió una puñalada mortal a Osasuna, que sangra por el costado sin que nadie sepa como parar aquello. Mientras los de Djukic, juegan bien y no se arrugan, los de Mendilibar parecen, ahora mismo, un peso muerto los. Están echando de menos demasiado a Nekounam, que prefirió volver a Teherán para jugar allí en el Esteghlal, porque nadie puede dar el extra de calidad que él daba y porque  a Puñal el motor ya le da para lo que le da.

El Deportivo respira un poco, el Espanyol intenta sacar la nariz del agua a costa de empujar para abajo a una Real demasiado irregular y el Athletic boquea, en medio de la desesperación, gracias a dos goles de Aduriz; imprescindible donde debería de haber sido un complemento.

¿Y los que tienen que enseñar La Liga? ¿Los equipos franquicia? Pues lo dicho arriba, interrumpieron lo sublime unos y todavía no lo arrancaron los otros. La diferencia entre equipos grandes de verdad como los osn el Barça y el Madrid y los demás es que estos, debido a su grandeza y su mito, tienen unas responsabilidades, las quieran o no, con todos aquellos que siguen o solo miran el fútbol. Como Grant Morrison le hacía decir a Emma Frost en su memorable etapa al frente de La Patrulla X, bautizada entonces la cabecera como New X Men, “El mundo entero está mirándonos ahora, no podemos ser menos que fabulosos”.

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El Real Madrid hace tiempo que juega solo para su parroquia, en momentos de extrema necesidad solo para los muy creyentes, no los pseudomadridistas en definición de esa fiera corrupia llamada José Mourinho, un tipo que, como Alex Ferguson en sus buenos tiempos, es capaz de empezar una pelea en una habitación vacía. Pregúntele a Toril, nuevo objetivo a laminar.

Total que uno no se puede frustrar mucho por partidos como el del sábado frente al Zaragoza. Fútbol de resumen con dos goles a pase del portero –y es que desde que estos decidieron que blocar el balón era una grosería que iba contra la espectacularidad del despeje se ven más goles de pase suyo que de cualquier otro jugador de campo- y otros dos de Essien y Modric, nada menos. Lo cual da idea de cómo fue la cosa, aunque el del ahora defensa izquierdo fue a maravilloso pase de Benzema, quien, todo sea dicho, cada vez espacia más su genio.

El Barcelona, por el contrario, lleva décadas jugando en el escaparate. Es una golosina que todos quieren pero cuya fórmula es secreta, o lo era hasta que Luis la descifró y adaptó a su propio ideario en aquella Eurocopa para la historia. De cualquier manera es de difícil aplicación sino se cuenta con los ingredientes precisos, y ninguno se llama Chigrinsky, y el tiempo de maceración adecuado. Cruyff siempre presumió de esto, de la cualidad para embelesar a los neutrales del Barça. Por eso su juego tiene un algo de exhibición a veces.

El sábado hubo género chico. Es decir espectáculo de un acto, y no de dos. Una opereta, una zarzuela, denomina con ese casticismo tras la revolución de 1868, es decir en pleno auge del romanticismo musical y los compositores nacionalista en Europa, y contándose nombres tan conocidos como Federico Chueca, Ruperto Chapí, Emilio Arrieta o Tomás Bretón, cuando pese a las penurias económicas, o precisamente por ellas, el teatro de zarzuela conoció un extraordinario auge en cuanto a producción, debido a la imposición del teatro por horas, que es de donde procede el nombre de “género chico” como extensivo de zarzuela. Ya que así se denominaban a aquellas más populares de un solo acto, quedando “género grande” para las demás.

El Barça por lo general se tira al género grande, pero el otro día no. Y a punto estuvo de ser sainete como el de Deportivo cuando Valdés decidió dar su pase, antes había parado otra que ya era gol,  para que el Celta empatará en un de los tres contraataques venenoso que lanzó en esa divertidísima media parte donde, otra vez, vimos al Barcelona de Cesc, una dinamo en el medio campo con un concepto del fútbol muy distinto al de Xavi, retrasado en este segmento.

Un equipo tan desabrigado que da escalofríos, que, prácticamente jugaba con un defensa stopper y una distancia entre los jugadores mucho mayor que al del Barcelona de Guardiola. Así el balón corre más metros libre, hay menos toques y el contrario no es sometido en horizontal para ser descalabrado en vertical, sino que se le busca la yugular a la mínima empezando por dentro y acabando por fuera las jugadas, al contrario que como hacía anteriormente. Es un Barcelona de paso cambiado que coge a sus rivales con otra cosa pensada para defender; un virado en negativo, un gemelo malvado.

Vértigo, atrás y adelante. Un equipo expuesto con suficiente confianza en su ritmo y banquillo de sobra para cambiar el baile. Así cuando Vilanova vio peligro de más colocó a Bartra de central clásico, alineó cuatro atrás por la lesión de un Adriano superlativo –sustituido por la sombra de Alves- y devolvió el mando a Xavi: volvió el Barça de Guardiola, con posesiones largas y un Iniesta estelar. Por desgracia también se ralentizó el ritmo y, poco a poco todo se hizo farragoso, con sabor a partido ganado y miércoles de Copa de Europa a la vista.

Y la sensación es rara, como de querer más de lo primero y estar empachado de lo segundo. Es verdad que es menos fiable, pero ofrece un fútbol con algo mágico y loco; un juego sincopado, un ritmo distinto. Si Guardiola ordenaba el caos, Vilanova caotiza el orden para crear uno alternativo que todavía está por dominar al completo.

De repente entran en los minutos de glamour, como definía Iturriaga a las grandes rachas de baloncesto de la selección campeona en Japón y ofrecen jugadas que son como si pudiésemos mirar un lazo hacerse mágicamente con una cámara de alta velocidad. Eso fue el segundo gol: un lazo puesto al fútbol.

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