Pantic, Milinko

«El mirlo es una ave paseriforme (Turdus merula) de unos 25 cm de longitud; los machos son de color negro con el pico amarillo; las hembras son pardas. Su canto es un silbido melodioso, pudiendo también imitar sonidos y breves melodías» Entre ellos puede darse un alteración en la pigmentación que mezcla el plumaje negro y el blanco y, en ocasiones rarísimas, los presenta completamente blancos. De ahí la expresión “un mirlo blanco” referido a alguien que acumula tal cantidad de cualidades y es tan traro de ver como uno de estos pájaros. Yo, de hecho, solo he visto uno en toda mi vida: Milinko Pantic.

A Pantic se lo inventó Radomir Antic cuando llegó a entrenar al Atlético de Madrid. Hasta entonces era un ignoto jugador yugoslavo de paseó por la liga griega después de no haber destacado demasiado en el Partizan de la segunda mitad de los 80. Antic se lo trajo desde el Panionios con veitinueve años: no lo conocía nadie, costó cuatro reales, jugó todos los partidos, marcó diez goles y ganó la Liga y la Copa en ese mismo año moviendo el mecano atlético con su pie derecho de cirujano. El mirlo blanco.

Pantic, fino volante derecho, escuela yugoslava, poca pinta de futbolista, parecía jugar con las pulsaciones al mínimo pero era, en todos los sentidos, mucho más de lo que parecía. Hierático y preciso, la perfección de su golpeo convirtió a Atlético en un artista del balón parado donde cada córner y cada falta lateral entrañaban el mismo peligro que un mano a mano del delantero contra la soledad del portero. La grada se ponía bocabajo con aquellos centros y lanzamientos duros y secos, de endiablado efecto. Su mayor proeza, coherente con la poética fatalista del club, fue marcarle cuatro goles al Barcelona en una eliminaría de Copa donde el Atlético recibía cinco.

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